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GENERALIDADES
EN TORNO A LA VIOLENCIA[1] LUIS BARROS
LEZAETA[2] |
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RESUMEN
El
autor expone y discute diversas definiciones y teorías acerca de la
violencia, poniendo en evidencia tanto su universalidad y omnipresencia en
los distintos ámbitos de las relaciones humanas, como la falta de consenso en
su definición. En su
recorrido a través de diversos enfoques teóricos, destaca su análisis de la
distinción entre violencia aceptada y violencia prohibida, introduciendo el
factor político para explicar porqué la sociedad acepta ciertas formas de
violencia y otras las penaliza. Pone
de relieve, también, el tratamiento que hacen los medios de comunicación de
la violencia, planteando sugestivas preguntas acerca de la relación entre la
realidad de las cifras oficiales y la representación mediática que termina
por generar más miedo del que correspondería a la probabilidad de ser
víctimas de la delincuencia violenta. El
autor señala que al estigmatizar al delincuente de origen popular como
protagonista exclusivo de la violencia, se redime al resto, mágicamente, de
toda violencia. Así, las múltiples caras de la violencia en las relaciones
sociales se reducen a una sola: la cara amenazante del asaltante que aguarda
a la vuelta de la esquina. SUMMARY
The author discusses several definitions and theories
about violence, showing its omnipresence in different dimensions of human
relationships, and the lack of consensus on its definition. In his looking through different
theoretical approaches, he highlights the distinction between accepted
violence and forbidden violence, introducing political factors to explain why
society accepts some expressions of violence and penalize others. He also focuses upon the media
treatment of violence, raising some queries about the relation between
official statistics and the media representation of it, which results in
generating more fear
than expected for the objective chance of suffering a violent
assault. The author concludes that
stigmatizing the socially marginalized offender as an exclusive protagonist
of violence, redeems society from its responsability.
Therefore, the multiple faces of violence in social relationships are reduced
to just one: the threatening offender`s face
waiting round the corner. INTRODUCCIÓN Intentar
abordar el tema de la violencia es como pretender tocar fondo en las
profundidades de lo humano. Tocar fondo supone el vértigo de hundirse y, en
el caso de la violencia, de hundirse en algo oscuro, amenazante, destructivo.
Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos visto la cara de la
violencia y sabemos que espanta. Acaso lo más espantoso de ella sea el tener
que aceptarla como algo absoluta y exclusivamente humano. La violencia, venga
de donde venga y cualquiera sea la forma en que se manifieste, jamás deja
incólumes nuestras más preciadas imágenes de lo humano. Ella atestigua
brutalmente que los hijos de Dios, los hijos de la razón, los dignatarios de
una conciencia moral, los constituyentes de los derechos humanos, vivimos
desgarrados haciéndonos bien y mal. Es significativo que uno de los primeros
hechos que narra DEFINICIONES
DE VIOLENCIA Las
dificultades para abordar la violencia se manifiestan al momento mismo de su
definición. Según Jerome Skolnick,
“La violencia es un término ambiguo cuyo significado es establecido a través
de procesos políticos. Los tipos de hechos que se clasifican como violentos
varían de acuerdo a quien suministra la definición y a quien tiene mayores
recursos para difundir y hacer que se aplique su decisión” (1). En
todo caso, la bibliografía sobre el tema evidencia no sólo la falta de
consenso para definir la violencia, sino también lo impreciso y problemático de
las variadas definiciones. Una
criminóloga define la violencia como: “Actuaciones de individuos o grupos que
ocasionan la muerte de otros o lesionan su integridad física” (2). Queda
claro que el asesinato a sangre fría es una manifestación de violencia. Queda
claro que las heridas provocadas por la riña entre pandillas rivales son
resultado de la violencia. Pero, ¿es violento el conductor que se embriaga y
que tiene un accidente de tránsito donde muere su acompañante? En otras
palabras, la violencia, ¿supone o no la intención de hacer daño? Y si la
violencia significa ocasionar la muerte de otros o lesionar su integridad
física, cabe preguntarse: los niños muertos de hambre tras un largo proceso
de desnutrición, ¿fueron o no víctimas de la violencia? El entorno adulto de
esos niños, padres, vecinos, podría argüir que su intención fue la de
proveerlos de una alimentación adecuada, pero que carecieron de los recursos
para hacerlo. Situaciones como esta, por desgracia tan frecuentes en el mundo
contemporáneo, plantean una serie de interrogantes. ¿Entenderemos por
violencia sólo aquella que se ejerce directamente y cuyo responsable, por
ende, es claramente identificable? O, por el contrario, ¿consideraremos
también que hay una violencia indirecta y de responsabilidad difusa? La
violencia, ¿es siempre activa o cabe reconocer también una violencia capaz de
manifestarse por omisión? Pero hay más. Antes de la promulgación de la ley
sobre violencia intrafamiliar, los hombres en Chile podían golpear a su mujer
y a sus hijos sin sanción alguna, salvo que ocasionaran lesiones. La cultura
machista tradicional aceptaba que, dentro de ciertos límites, el hombre
maltratara físicamente a su mujer y a su prole. La pregunta se desprende de
lo anterior: ¿cabe o no distinguir entre aquellas manifestaciones de
violencia que están permitidas socialmente y aquellas que están legalmente
sancionadas? ¿Qué criterios llevan a definir ciertas formas de violencia como
aceptables y a otras como prohibidas? Todos estos interrogantes surgen de la
definición de violencia recién descrita, definición que, como se ve, deja
muchos cabos sueltos. Un par
de cientistas sociales propone la siguiente
definición de violencia: “Es el uso o amenaza de la fuerza física o
psicológica con intención de hacer daño de manera recurrente y como una forma
de resolver los conflictos”(3). Esta definición
agrega nuevos elementos al significado de la violencia. Junto con afirmar que
la violencia supone la intención de hacer daño, sostiene que es dañino tanto
el ataque al otro, como la amenaza de ataque. La gran novedad de esta
definición radica, sin embargo, en su afirmación de la violencia como fuerza
física o psicológica y, en consecuencia, como ataque a la integridad de las
personas. Esto último abre la definición de violencia al extremo de
convertirla en algo absolutamente cotidiano. En los más variados ámbitos de
convivencia, tanto públicos, como privados, se conjugan verbos como faltar el
respeto, despreciar, difamar, calumniar, excluir, ridiculizar, intrigar, achatar,
atemorizar, engañar. ¿Cómo acotar entonces la extensión de la violencia
psicológica? ¿Cómo calibrar la magnitud de su daño? A diferencia de la
violencia física, cuyo daño se objetiva en golpes, lesiones, muerte, la
violencia psicológica no puede definirse con independencia del sujeto que la
padece. Las mismas palabras, los mismos gestos, la misma situación que
lesiona la autoestima de alguien, pueden dejar incólume la de otro ¿Cómo
definir genéricamente la violencia psicológica en circunstancias que su daño
depende tanto de las intenciones del atacante como de la subjetividad de su
víctima? Pero hay más. Considérese el caso de un homosexual que se siente
aceptado por su medio familiar, por su medio laboral, en fin, por quienes lo
conocen. Más allá de sus relaciones personales, el mismo homosexual se
siente, sin embargo, maltratado. Lo humilla que La
definición en discusión sostiene, además, que
para hablar de violencia, sea física o psicológica, ésta debe actuarse
de modo recurrente. El sentido común intuye que hay algo distinto entre el
asesino en serie y el que mata una sola vez, entre los prejuicios de un
sector social en contra de otro sector y el desprecio con que alguien puede
tratar momentáneamente a otra persona. Esta diferencia, ¿es meramente
cuantitativa o la habitualidad en el ejercicio de la violencia expresa algo
sustantivo? ¿Qué sería lo sustantivo que justificaría la distinción entre una
violencia actuada de modo recurrente y otra actuada esporádica o
puntualmente? Planteárselo no resulta baladí dado que, por definición, las
formas de violencia permitidas socialmente son mucho más recurrentes que
aquellas que están sancionadas legalmente. En todo caso, cualquiera sea la
significación atribuida a la calidad de recurrente de la violencia, la
definición de ésta no puede excluir los ataques puntuales que intentan dañar
a otros. La
definición en cuestión acaba señalando que la violencia actúa como una forma
de resolver los conflictos. Queda claro que las guerras zanjan conflictos de
intereses políticos, económicos, ideológicos. Queda claro que la golpiza de
un hombre a su mujer puede suscitarse a partir de sus discrepancias. Pero,
¿qué conflicto resuelve el robo con intimidación? El ladrón amenaza a un
desconocido y si éste no opone resistencia y deja que lo roben, el ladrón
nada tiene contra él. Prueba de ello es que, después de robar a la víctima,
le permite irse sin dañarla físicamente. Podría argüirse que el ladrón,
frustrado por su pobreza, por su falta de oportunidades de trabajo, está en
conflicto con su sociedad y que le quita a otros lo que la sociedad le niega.
Si así fuere, habría que concluir que el ladrón opone su violencia a la
violencia de su sociedad que, al
negarle las oportunidades de trabajo remunerado, lo ataca tanto en su
integridad física, como en su autoestima. Se plantearía así la paradoja de
que la violencia de la sociedad que generaría el conflicto está permitida, no
así la del ladrón que está sancionada. Pero esta línea de argumentación
plantea también otros problemas. Si se asumiere que el ladrón está en
conflicto con su sociedad, sus víctimas deberían simbolizar eficazmente a esa
sociedad. ¿Quiénes encarnarían para el ladrón la sociedad que lo conflictúa? ¿Todos sus miembros encarnarían
indistintamente a la sociedad o los miembros de ciertos sectores sociales la
simbolizarían más eficazmente que otros? ¿Qué percepción de sociedad tendría
el ladrón para montar los procesos de simbolización que lo llevarían a
discernir el tipo de víctima propiciatorio de su conflicto con la sociedad? Lo
dicho hasta aquí basta para indicar que la segunda definición de violencia
propuesta, al igual que la primera, plantea muchos interrogantes. He
aquí una tercera definición. “Violencia es la presión de naturaleza física,
biológica o psíquica, ejercitada directa o indirectamente por el ser humano
sobre el ser humano que, pasado cierto umbral, disminuye o anula su potencial
de realización, tanto individual, como colectivo, dentro de la sociedad de
que se trate” (4). Acaso lo más novedoso de esta definición sea su afirmación
de que el resultado de la violencia es la disminución o anulación del
potencial de realización humana, tanto individual, como colectivo. Dicho potencial
se percibe como una realidad objetiva y, por ende, susceptible de connotar en
términos de un potencial humano estándar que permita contrastar diversas
situaciones y discernir así eventuales grados de disminución o anulación.
Pero, ¿cómo se establece un patrón de potencial humano? ¿Cómo se procede a
establecerlo sin cerrar arbitrariamente el horizonte de la creatividad
humana? ¿Quién o quiénes lo establecen? El autor aclara el sentido de su
definición con el ejemplo siguiente. “Cuando un marido maltrata a su mujer,
hay violencia. Pero también cuando un millón de maridos mantiene a un millón
de mujeres en la ignorancia, hay violencia estructural, aunque ninguna de
ellas se queja del dolor” (5). A la luz de esta situación, podría argüirse
que la violencia se refiere a la distribución de ciertos bienes creados y
producidos socialmente: educación, salubridad, riqueza, igualdad ante la ley.
Toda sociedad capaz de producir ciertos bienes en cantidad adecuada para el
potencial humano de todos sus miembros, pero que excluye o mezquina el acceso
de algunos de sus miembros a esos bienes, sería violenta. ¿No sería también
violenta una sociedad incapaz de producir los bienes adecuados para el
potencial humano, por muy equitativa que fuere la distribución de su escasez? ¿Habría un criterio para discernir si es
más violenta la muerte por inanición de los niños de Tucumán, que el hambre
de los niños de Etiopía? ¿Quiénes serían responsables de esa violencia? Pero
hay más. Sin negar que los privilegios económicos, políticos, sociales de
algunos, puedan significar la exclusión de otros de los bienes de una
sociedad, cabe plantearse lo siguiente: ¿No es dable suponer una sociedad
abundante y equitativa en la producción de ciertos bienes y asaz mezquina en
la producción de otros? ¿No es plausible imaginar, por ejemplo, una sociedad
cuyo prurito de eficacia en la producción de bienestar material para todos,
implique vivir según normas y convenciones que reducen el tiempo y los
espacios para el amor, la amistad, la contención generosa y solícita de los
hijos? Y que así fuere, ¿no constituiría un ataque al potencial afectivo de
hombres y mujeres? Si la violencia se define en función del potencial humano,
cabría concluir que ella resulta no sólo de procesos de exclusión social,
sino también de procesos de integración a sociedades que enfatizan la
valoración e institucionalización de ciertas dimensiones de lo humano en
desmedro de otras. De allí que surja, nuevamente, la necesidad de responder a
¿cuáles son los criterios para definir lo sustantivo del potencial humano? En
la medida que ello no se aclare ni precise, tampoco se aclara y precisa la
violencia como ataque al desarrollo de dicho potencial. Por
último, la definición en cuestión afirma que la violencia es un fenómeno social.
Ella apunta a una realidad estructural anidada en el conjunto de prácticas
económicas, sociales, jurídicas y culturales que impiden que las personas y
los grupos humanos puedan realizar toda su potencialidad. La violencia social
no se percibe en términos concretos, sino que es abstraída en cuanto se
institucionaliza en el orden económico, político, cultural. El orden social
enmascara así una violencia cotidiana. Que así sea no justifica, sin embargo,
hacer caso omiso de una violencia anidada en el individuo. Por mucho que el
individuo se construya como sujeto en relación a su medio social, no podemos
reducirlo a un mero reflejo de su sociedad. En cada individuo hay algo
socialmente imponderable y, más allá de la violencia de su medio, el
individuo es capaz de una violencia propia. No todos los machos golpean a sus
mujeres, no todos los privilegiados abusan, no todos los excluidos se vengan. De lo
dicho hasta aquí se aclara, por una parte, la omnipresencia de la violencia
en lo humano y, por otra, las dificultades para definirla. ORIGENES
DE Así
como no hay consenso para definir la violencia, tampoco hay acuerdo para
concebirla teóricamente. De las múltiples teorías sobre la violencia puede,
sin embargo, concluirse que hay dos grandes perspectivas para percibir el
fenómeno. Por un lado están quienes afirman el carácter innato de la
violencia y, por otro, quienes sostienen que ella surge de las relaciones
humanas y, por consiguiente, tiene un origen social. Entre
las teorías que conciben la violencia como algo propio de la naturaleza
humana, acaso la teoría psicoanalítica sea la más elaborada y difundida. Freud consideró que el propósito de la vida de un
organismo es satisfacer sus necesidades. Las necesidades provocan tensiones y
el organismo se mueve para reducir esas tensiones. Este movimiento reductor
de tensiones sería básicamente instintivo. “…los instintos humanos son
solamente de dos tipos: los que buscan preservar y unificar -a los cuales denominaremos eróticos- y
aquellos que pretenden destruir y matar, a los cuales hemos clasificado
conjuntamente como instintos agresivos o destructivos…Ninguno de esos
instintos es menos esencial que el otro; el fenómeno de la vida humana surge
de la operación que ambos actúan ya sea a favor o en contra. Pareciera que un
instinto de un tipo difícilmente puede operar aisladamente, siempre va
acompañado con un elemento del otro lado que modifica su meta. Por ejemplo,
el instinto de conservación es ciertamente de tipo erótico y, sin embargo,
debe tener a su disposición agresividad si ha de cumplir su propósito.
Asimismo, cuando el instinto de amar se dirige a un objeto, requiere la
contribución del instinto de dominio si pretende en cierta forma poseer dicho
objeto. La dificultad de aislar los dos tipos de instintos en su
manifestación real es lo que nos ha impedido tanto tiempo reconocerlos”(6) Impulsados
simultáneamente por la fuerza que los lleva a empatizar
e identificarse con los otros y por la fuerza que los lleva a la agresión,
los seres humanos viven conflictivamente sus relaciones entre sí. Si bien las
raíces del conflicto son instintivas, las posibilidades de que este se
concrete no son ajenas a la experiencia social de los individuos. Al respecto
Freud imagina el psiquismo humano compuesto de tres
instancias. El id o ello corresponde a nuestros
instintos, al puro deseo de reducir nuestras tensiones vitales, y representa
una instancia psíquica sin ninguna conciencia organizadora o rectora. El ego
se forma a partir del primer día de vida y corresponde a la parte conciente
de nuestro psiquismo. El individuo comienza a desarrollar un pensamiento que
lo lleva a construir una realidad que erige como instancia reguladora de sus
deseos y de su acción. La resolución de las tensiones vitales debe adaptarse
a las posibilidades que brinda esa realidad. De más está decir que en la
constitución dinámica del ego las relaciones del niño con su medio social
juegan un papel fundamental. Es el entorno adulto del niño el que transmite
sus certezas de modo que la realidad se piense como un horizonte abierto a la
curiosidad y la creatividad o, por el contrario, como algo definitivamente
dado y que sólo cabe aceptar. El superego sería la
tercera instancia del psiquismo humano. Se forma a partir del momento en que
el niño comprende las connotaciones afectivas con que los adultos valoran la
realidad que han definido. Corresponde a los procesos a través de los cuales
el niño interioriza y se identifica con lo que su medio social estima como lo
bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido, lo útil e inútil, lo hermoso y
lo feo. La elaboración subjetiva del superego, al
igual que la del ego, implica tanto los instintos, como las relaciones
sociales del individuo, sobre todo las relaciones primarias del niño. Que el
individuo interiorice una estructura normativa y convencional capaz de
regular sus deseos y acciones, está fuertemente influido por la claridad o
confusión, la consecuencia o inconsistencia, la solicitud o indiferencia con
que los adultos inculcan su mundo de valores De lo
dicho hasta aquí se desprende que la teoría psicoanalítica, no obstante
afirmar la naturaleza instintiva de la violencia, sostiene que las instancias
psíquicas del individuo son capaces de regular sus deseos y manifestaciones
de agresividad y que el desarrollo de esas instancias está influido por la
experiencia social del sujeto. De allí que un psicoanalista tan reputado como
Winnicott exprese lo siguiente. “EL problema no es
que otros sean más o menos agresivos; el problema es que los seres humanos
manejan de manera diferente esos impulsos”. Y el mismo autor se pregunta: “…¿ qué ocurre si el hogar no proporciona contención a un
niño antes de que haya establecido la idea de un marco como parte de su
propia naturaleza?”(7). Desde Freud a nuestros días, las diversas corrientes
psicoanalíticas han desarrollado un abundante cuerpo teórico para explicar la
dinámica de los procesos a través de los cuales el niño y el adolescente
construyen su ego y superego en el contexto de sus
relaciones primarias. Pero la perspectiva psicoanalítica, influida acaso por
su intencionalidad básicamente terapéutica, ha teorizado poco acerca de los
procesos de construcción de contextos intersubjetivos
de experiencia tan amplios como la cultura y las instituciones, instancias tan
importantes en la regulación de los instintos individuales, como que imponen
sus convenciones y normas al conjunto de la sociedad. Y tanto la cultura,
como las instituciones, pueden producir grandes paradojas en la regulación de
los deseos y de la acción individual. Considérese, por ejemplo, una sociedad
multirracial cuya cultura valora la superioridad de una raza sobre las demás
y cuya institucionalidad segrega a las razas supuestamente inferiores.
Obviamente los individuos de esa sociedad, mientras más identificados estén
con las convenciones y normas de su medio social, serán más racistas y, en
consecuencia, más hostiles en sus relaciones de convivencia. En otras
palabras, un superego potente, una conciencia moral
bien asentada en las valoraciones de su medio social, no significa
necesariamente, y contra lo que tendería a creerse, la inhibición de los
instintos de destrucción a favor de los impulsos eróticos. Por el contrario,
un superego fuerte puede significar la
identificación con convenciones y normas que, en vez de inhibir la
agresividad, la estimulen y legitimen, desviándola hacia ciertos sectores
sociales que son estigmatizados. Para este tipo de violencia la teoría
psicoanalítica no ofrece mayor exploración. Entre
las teorías que no conciben la violencia como algo innato y que postulan que
ella se origina en las relaciones humanas, baste mencionar una de las más
difundidas, a saber: la teoría de la frustración-agresión. La
teoría de la frustración-agresión, formulada originalmente por Dollard y colaboradores en Si
bien se sostiene que la agresión es siempre consecuencia de la frustración,
no se asevera que esta última produzca siempre una reacción agresiva. Las
probabilidades de que la frustración se traduzca en agresión varían
fundamentalmente según la magnitud de la frustración y la inhibición que
provoca el grado de castigo anticipado por la expresión del acto agresivo. De
manifestarse la agresión, ella, a su vez, puede dirigirse contra el
responsable de la frustración o desplazarse hacia un blanco más favorable o
menos riesgoso. El desplazamiento de la agresión supone calcular que la
agresión dirigida hacia la fuente de frustración puede resultar
contraproducente. Así, por ejemplo, frente a la frustración provocada por el
jefe, el mando medio desvía su agresión hacia otros mandos inferiores. En
este sentido la teoría de la frustración-agresión explicaría la conducta
agresiva desplazada hacia los miembros de ciertos grupos minoritarios o de
mayorías socialmente débiles. La frustración de individuos y grupos que se
auto perciben más fuertes se volcaría
agresivamente hacia grupos sociales vulnerables e inocentes que
servirían de chivos expiatorios. El
concepto de frustración plantea problemas. Si ésta se define como el
impedimento para que alguien actúe en pos de sus metas o acceda a los medios
necesarios, la frustración supone un agente, alguien que interfiera
activamente la realización de las metas de un tercero. Y así como es válido
suponer que el agente de la frustración ha actuado fortuitamente, es
igualmente plausible suponer que ha frustrado intencionalmente. Ahora bien,
si el que frustra busca intencionalmente impedir que el otro realice lo que
quiere, ¿no está acaso hiriendo, dañando, es decir, agrediendo al otro? ¿No
es dable entonces suponer que la frustración entraña una agresión previa? Si
así fuere, la secuencia lógica no sería ya frustración-agresión, sino
agresión-frustración-agresión y habría, en consecuencia, que concluir que la
agresión que frustra provoca más agresión, en vez de sostener que es la
frustración la que genera la agresión. Ahora
bien, la teoría de la frustración-agresión aparece recorrida de punta a cabo
por los hilos del poder. Si este se define como la capacidad de alguien o de
algunos de imponer su voluntad a terceros en la medida que se cuenta con los
recursos eficaces para dominar al otro, puede observarse cómo el fenómeno del
poder marca las posibilidades de la frustración. Frustrar implica, en última
instancia, la expresión del poder de unos sobre otros. Impedir que alguien
busque realizar lo que quiere, es quebrar su voluntad. Y para lograr ese
quiebre, el que frustra debe contar con los medios eficaces para sojuzgar al
que será frustrado. Que los padres sean capaces de frustrar a sus hijos
pequeños, no es independiente de las relaciones de dependencia vital en que
se encuentran los niños. De allí que éstos no puedan oponer su voluntad a la
de sus padres y que estos últimos dominen a su arbitrio. En la sociedad
sudafricana del apartheid, los enamorados, el hindú, ella afrikaner,
estaban impedidos de realizar su voluntad de constituir una familia. Su
frustración no era independiente de su relación de dependencia con respecto a
un Estado que contaba con los recursos legales y policiales capaces de
someterlos. En las sociedades latinoamericanas muchos jóvenes de origen
popular ven frustrada su voluntad de ascenso social por la llamada falta de
oportunidades que, si se analiza minuciosamente, tópase,
más temprano que tarde, con la voluntad política de quienes oligopolizan la riqueza, los símbolos de prestigio, el
control de los medios de comunicación y, en consecuencia, tienen la capacidad
para producir un orden social a su imagen y semejanza. Como se ve la
frustración, tanto a nivel interpersonal, como social, supone un juego de
voluntades que gana el que tiene el poder para imponerse. Pero
hay más. El fenómeno del poder está también presente en el derrotero que
puede seguir la agresión. Que la agresión se inhiba o se desplace no es
independiente de la percepción que el frustrado tenga del agente de su
frustración. Afírmase que uno de los factores más
inhibitorios de la agresión es la anticipación de la magnitud del castigo que
puede recibir como respuesta. Si se dejan de lado consideraciones de carácter
legal, para inhibir o no su agresividad la persona o el grupo ha de sopesar
la capacidad de represalia del agente o instigador de su frustración,
entiendo que esa capacidad no es sólo la de agredir de vuelta, sino también
la de volver a frustrar y de frustrar de modo más y más contundente. De allí
que la persona o el grupo decida inhibir o calibrar su agresión según el
poder de su agresor. Esta misma dinámica lleva a desplazar la agresión,
dirigiéndola contra alguien inocente, pero tenido como débil, en vez de
dirigirla contra el verdadero agente de la frustración, pero tenido como
poderoso. Pese a
la presencia del poder en la trama de la frustración-agresión, la teoría lo
deja implícito, sin sacarlo a luz. Al respecto baste señalar lo perturbador
que resulta afirmar que, dado que la frustración supone la imposición de la
voluntad de unos sobre otros, es el poder el que provoca la agresión. Sin
negar la influencia ejercida hasta ahora por la teoría psicoanalítica y por
la teoría de la frustración-agresión, ambas teorías están lejos de agotar la
reflexión en torno a la violencia. Recientemente ha cobrado importancia la
teoría del aprendizaje social de la violencia formulada por Bandura. Comparado
con otros teóricos, a este autor le interesan menos las fuentes o el impulso
de instigación agresiva que las contingencias de reforzamiento del
comportamiento agresivo. Bandura sostiene que tanto
el entorno familiar del niño, como el medio sociocultural en que se
desarrolla, pueden manifestar pautas de agresividad que van modelando una
conducta agresiva. El niño aprendería a ser violento a partir de la conducta
violenta de su padres, así como a partir de la
agresividad que expresa su medio sociocultural. De allí que los seguidores de
Bandura enfaticen el impacto de la violencia
intrafamiliar sobre la conducta futura de los niños. Un niño maltratado,
castigado físicamente, humillado u ofendido por sus padres tenderá a seguir
dicho ejemplo, volviéndose el mismo castigador. Se enfatiza igualmente el
influjo que tienen los contenidos violentos de los medios de comunicación
social, sobre todo los medios audiovisuales. Un niño sobreexpuesto a la
violencia televisiva y cinematográfica tendería a seguir ese ejemplo. Pero
sin negar el aporte de Bandura, su teoría no
responde a los motivos que tendrían los padres para ser violentos ni a las
intenciones que tendrían los medios de comunicación para inculcar la
violencia vía el espectáculo de la misma. Lo
dicho hasta aquí ilustra como las teorías sobre el origen de la violencia, al
menos las reseñadas aquí, si bien arrojan diversas luces, distan de aclarar
el fenómeno. De lo
expuesto puede, al menos, afirmarse lo siguiente: En
primer lugar, las definiciones y teorías
acerca de la violencia, no obstante sus diferencias y cabos sueltos,
aclaran que ella se manifiesta en los más diversos ámbitos de las relaciones
humanas. Los expertos ilustran su concepción de la violencia citando desde
las guerras a los malos tratos familiares, desde las faltas de oportunidades
sociales que frustran a algunos a la estigmatización que padecen otros, y
afirman que hay violencias físicas y psicológicas, directas e indirectas,
individuales y sociales, puntuales y recurrentes, activas y por omisión. Y
esto es algo intuido por el sentido común; es más, el sentido común no sólo
intuye, sino que sabe y experimenta que la violencia, sea lo que sea y venga
de donde venga, es un aspecto universal y genérico de lo humano. Cabe pues
afirmar categóricamente la universalidad y omnipresencia de la violencia. En
segundo lugar, cabe también afirmar que hay violencias permitidas y
prohibidas socialmente. Y es en esta distinción en la que resulta de interés
detenerse. De las
múltiples caras de la violencia, la violencia prohibida es algo bien acotado. Ella se refiere a la
comisión de actos definidos explícitamente como violentos, que están
proscritos por la ley y que, en consecuencia, son jurídica y judicialmente
punibles. La definición de la violencia prohibida es algo absoluta y
exclusivamente legal y tanto el tipo de actos considerados, como su gravedad
y sus penas, dependen del estado del Derecho en una sociedad dada. De allí
que, desde la constitución del Estado Moderno, la violencia prohibida sea una
definición eminentemente política puesto que son los poderes del Estado los
que la definen y deciden y administran la ley penal que castiga a sus hechores.
Obviamente que la violencia prohibida está lejos de agotar la violencia que
ocurre en una sociedad puesto que está mediatizada por la peculiar percepción
de quienes controlan el Estado. Tanto es así, que el Derecho no sólo no
subsume todas las manifestaciones de la violencia, sino que incluso puede
constituirse en fuente de violencia. Baste recordar las leyes de segregación
racial impuestas en un pasado nada remoto en Alemania, el sur de los Estados
Unidos, Sudáfrica, o los decretos de
proscripción, persecución y castigo de ciertos movimientos políticos
impuestos en un pasado más bien reciente en Argentina, en Chile. De allí la
conveniencia de mantener presente que violencia y violencia prohibida no son
la misma cosa. La violencia, en su universalidad, trasciende de lejos las
particularidades de la violencia prohibida y esta última, influida como está
por una lógica política, observa la paradoja de hacer caso omiso de ciertas
expresiones de violencia e, incluso, de institucionalizar la violencia de
quienes controlan el Estado sobre ciertos sectores de la población. Ahora
bien, la legislación chilena, más específicamente, el Código Penal, entiende
la violencia en el sentido de delitos contra la integridad física de las
personas, sea porque hay lesión corporal de la víctima, sea porque hay
amenaza de coerción física .De allí que se definan delitos que manifiestan
violencia, el homicidio y la provocación de lesiones corporales, el robo con
violencia o intimidación, la violación y la coacción sexual. Cualquier otro
tipo de daño que se considere delito, aquellos que atentan contra la honra o la propiedad de las personas, no
es considerado un delito violento. Y dado que la comisión de delitos se
conoce como delincuencia, se tiene que el
Código Penal distingue una delincuencia violenta de otra no violenta. A
continuación se enumeran ciertos hechos que caracterizan, en parte, el
tratamiento que se da a la delincuencia
violenta y que sugieren, al menos con cierta plausibilidad, el influjo
de lo político en la definición de la violencia prohibida. En
primer lugar, cabe constatar que del conjunto de delitos definidos como
violentos, los más frecuentes, de lejos, son los robos con violencia o
intimidación, es decir, los que corresponden a la delincuencia de origen
popular y que cometen los pobres. La
definición de delito violento se restringe a la violencia directa, es decir,
a la agresión o amenaza de agresión ¿Por qué se hace caso omiso de formas
indirectas de violencia que pueden incluso resultar letales? Una empresa
constructora que por error, negligencia o afán de lucro, construye y vende
departamentos en un edificio cuyo sistema de evacuación de gases es tan
deficiente que arriesga altas concentraciones de monóxido de carbón, ¿no está
acaso atacando la integridad física de los moradores del edificio en
cuestión? Un Estado que por error, por negligencia, por cuestión de
prioridades o por tráfico de influencias, autoriza la instalación y
funcionamiento de una industria que contamina el aire, el agua, ¿no está
acaso atacando también la integridad física de los vecinos del lugar? ¿Por
qué si hay acciones que indirectamente dañan la integridad física de las
personas, la legislación no define esas acciones como delitos violentos? He
aquí otro hecho sugerente. El Ministerio del Interior hace públicos y difunde
cada tres meses los datos referidos a los llamados delitos de mayor
connotación social que coinciden con la delincuencia definida como violenta y
que perpetran, sobre todo, los jóvenes de sectores populares. Estos datos son
ampliamente debatidos por las autoridades, políticos, expertos y la prensa,
¿pero quién ha definido y con qué criterios que estos son los delitos de
mayor connotación social? ¿Por qué las estadísticas de la delincuencia no
violenta, sobre todo los daños a la propiedad y a los intereses
económicos de las personas que no
cometen precisamente los sectores populares, no se dan a conocer y se
mantienen privadas? ¿Acaso el daño que provoca un cogotero
que intimida sin llegar a la agresión y roba $15.000 a su víctima es mayor al
daño que provoca un empleador que ofrece trabajo sin contrato cosa de no
aportar al fondo previsional del empleado o al daño
que provoca al Fisco el evasor de impuestos por varios millones? Los
noticieros de televisión dedican considerable tiempo para mostrar los asaltos
del día: siempre violentos, con armas de fuego de por medio, con víctimas
cruelmente maltratadas, heridas, incluso asesinadas, y donde el delincuente
aparece como alguien desalmado, intrínsecamente malo, que agrede
por el gusto de agredir ¿Por qué la televisión descontextualiza su
información sobre la delincuencia violenta? ¿Por qué no informa que las
estadísticas oficiales señalan que los robos con violencia propiamente tal
son francamente minoritarios y que en la gran mayoría de los casos el ladrón
intimida sin agredir a su víctima?
¿Por qué no informa que en la mayoría de los casos de robo con agresión las
lesiones a la víctima son leves? ¿Por qué insiste en
presentar la excepción como si fuese la regla? ¿Por qué las autoridades no
critican ni desvirtúan este modo de informar de los medios? Lo
anterior explica otro hecho que llama la atención. Variadas encuestas dan
cuenta periódicamente que la gente tiene cada vez más miedo de ser víctima de
la delincuencia violenta. Los políticos han traducido ese miedo como falta de
seguridad ciudadana y han erigido el tema de la seguridad, definida como
control de la delincuencia violenta, en una de las prioridades de la agenda
pública ¿Por qué no se informa a la población que, según las cifras reales de
victimización, las probabilidades de ser víctima de
la delincuencia violenta son harto menores de lo que la gente cree? ¿Por qué
no se contrasta el miedo a la delincuencia violenta con la magnitud y
características que ella registra objetivamente? ¿Quiénes definieron la
seguridad ciudadana restringiéndola a las probabilidades de ser o no víctima
de la delincuencia violenta? ¿Acaso la cesantía, la precariedad económica y
todo lo que ella conlleva, no son también fuentes de inseguridad? ¿Qué
contenidos tendría la seguridad ciudadana si se dejara responder
espontáneamente a la gente donde le aprieta el zapato? Por
último, otro hecho que sorprende. El debate oficial en torno a la
delincuencia violenta prescinde del origen, de las eventuales causas de la misma.
Lanzas, cogoteros, asaltantes, ¿nacen o se hacen? Y
si se hacen, ¿se hacen solos o influyen en ellos ciertas condiciones de su
medio económico y sociocultural? Preguntas como estas se plantean poco o
nada. ¿Por qué no se indagan la edad de inicio en la delincuencia violenta,
las circunstancias familiares, económicas, sociales y culturales que abonan
el terreno para delinquir? ¿Por qué no se elabora el perfil humano del
delincuente violento? Y hacerlo no sería baladí. Baste como ilustración el
testimonio de dos delincuentes entrevistados dos años atrás cuando cumplían
su condena en la ex Penitenciaría de Santiago. Claudio,
llamémosle así, vivía con sus padres y hermanos. Su padre era carpintero por
cuenta propia, trabajaba esporádicamente y se tomaba lo poco que ganaba. Su
madre trabajaba como empleada doméstica puertas afuera. Salía muy temprano en
la mañana y volvía a casa casi de noche. En el decir de Claudio: “Como mi
padre trabajaba para puro tomar, mi madre tenía que correr con los gastos de
la casa y entonces no le alcanzaba la plata y andaba siempre de malas. En
cuanto llegaba ya estaba peleano con mi papá. Mi mamá siempre echaba a mi
papá de la casa. Le tiraba toda la ropa para la calle y empezaba la gritadera
y los empujones de ‘te vas viejo curado’. Como yo era el mayor de los
hermanos, mi madre me decía: ‘ya, ayúdame a echar a este curado’. Yo le
decía: ‘mamá, yo no puedo, él es mi papá’. Entonces ella se las agarraba
conmigo y me decía: ‘tú también te vas con tu padre’ y a los empujones me echaba
a la calle y tiraba mi ropa para afuera. Junté impotencia tanto tiempo por el
mismo sistema de mi madre”.Cuando Claudio cumplió 13 años las cosas
empeoraron. A Claudio le seguía una hermana un año menor que él. La madre no
quería que su hija anduviera callejeando ni que se juntase con muchachos.
Hizo a Claudio responsable del cuidado de su hermana. Cada vez que la madre
regresaba a casa y no encontraba allí a su hija, salía a buscarla, volvía con
ella a los gritos e increpaba a Claudio: “Cabro de
mierda, si le pasa algo a tu hermana, te muelo a palos”. Y de las palabras
pasaba a los hechos. Pescaba un alargador, lo doblaba en dos y azotaba a
Claudio por las piernas, por los brazos, por la cara. Claudio cuenta que una
tarde “mi mami vio a mi hermana besuqueándose con
un cabro. Me dijo ‘tú tenís
la culpa’ y con el palo del escobillón me empezó a pegar. Me caí de guata al
suelo y ella siguió pegándome en la espalda. Cuando me recuperé, esperé que
mi mami saliera a comprar y me fui de la
casa”.Claudio tenía entonces 13 años y cursaba séptimo básico. Desde entonces
vivió en la calle limosneando y robando al descuido. Tenía 16 años cuando fue
detenido por vez primera. Estuvo seis meses en un centro del Servicio
Nacional de Menores del que se fugó, Allí, en el decir de Claudio, “me hice
más duro y aprendí hartas mañas”.A los 18 años fue condenado por robo con
intimidación. Salió de la cárcel a los
23 años. Al momento de ser entrevistado tenía 30 años y cumplía una nueva condena,
esta vez por robo con violencia (8). Tito,
démosle este nombre, cursó hasta séptimo básico. Era malo para el estudio y
el padre decidió entonces que era mejor que Tito lo acompañara en su trabajo.
Su padre era carpintero y trabajaba en una empresa constructora. Tito comenzó
a trabajar con su padre, primero como aprendiz y luego como ayudante pagado.
Tenía 15 años. Vivía con sus padres y una hermana y en su hogar no faltaba lo
indispensable. Cerca de dos años Tito y su padre estuvieron trabajando fuera
de Santiago, primero en Aculeo y luego en
Maitencillo y Papudo. Tito ganaba $20.000 semanales y, como en esos lugares
no había en qué gastar enviaba buena parte de su sueldo a su madre. Tito se
aburría pues vivía rodeado de mayores y echaba de menos estar con jóvenes de
su edad y carretear. Tenía 17 años cuando volvió a Santiago. Estaba contento
de estar en la ciudad pues en el barrio había muchos jóvenes con quienes
compartir a la salida del trabajo. Entre sus conocidos había varios que se
vestían bien, todo de marca, que calzaban zapatillas “de 55 o más lucas” y vestían buzos de 80. También “carreteaban fino y
conseguían buenas minas” puesto que eran capaces de invitar en grande. Demás
está decir que varios de los conocidos de Tito eran ladrones. El espectáculo
de esos jóvenes caló hondo en Tito. En sus propias palabras: “Yo pienso que
no quería ser menos que los demás. Yo los veía bien vestidos y decía: chuta,
si ellos se visten mejor que, ¿por qué? Tenían mejor situación que yo, había
amigos que tenían auto y todo eso. Entonces yo quería ser mejor, verme bien.
Ya no me gustaba comprarme zapatillas que costaran 20 ó 30 lucas y quería una moto, una Honda 350. Pero trabajando
honrado yo ganaba una cagada y seguiría siempre en lo mismo”. Tito había
cumplido 18 años cuando un par de amigos le dijeron una noche: “ya, vamos,
acompáñanos a dar un asalto. Tú vas a hacer puerta. Me pasaron una pistola y
me dijeron: tú te quedas afuera hasta que salgamos y tienes que quedarte el
último, cuidando que nadie salga del local”. Esa noche Tito se inició en la delincuencia,
participando en el asalto a una botillería. El botín fue de “casi 600 lucas” y a Tito le correspondió casi el doble de lo que
ganaba en un mes. Tito reconoce haber sentido miedo, pero, en su decir:
“Después de la primera vez me sentí como si yo podía hacerlo y entonces me
propuse hacerlo. Entonces ya no había temor. Me sentía bien, sobresalía de la
gente. Ya dedicado a ladrón, yo llegaba todo taquillero y la gente me miraba.
Andaba súper bien pinteado y con los bolsillos llenos”. Junto a sus dos
compañeros se dedicó a asaltar locales comerciales. A los 21 años fue
detenido por vez primera y procesado por robo con intimidación. Luego de unos
meses en prisión preventiva obtuvo su libertad provisional. Pocos meses
después fue nuevamente detenido, procesado y, esta vez, condenado a 10 años
por robo con intimidación. Al momento de ser entrevistado, Tito tenía 25 años
y cumplía su cuarto año de condena en la ex Penitenciaría de Santiago (9). Ambas
historias hablan por sí solas. Baste señalar que en las circunstancias de
vida de ambos delincuentes se palpa el influjo de una violencia indirecta, de
difusa responsabilidad, frustrante de oportunidades de bienestar material y
que parece agazaparse tras la pobreza. Ahora bien, sin duda que la delincuencia definida
como violenta es violenta y daña a sus víctimas física y psicológicamente. De
allí que quiénes tienen el poder para prohibirla y castigarla hayan actuado
justa y razonablemente al hacerlo. Lo que no parece tan razonable es la serie
de interrogantes, sin respuestas, que rodean el tratamiento que se hace de la
delincuencia definida como violenta.
¿Por qué la delincuencia violenta se restringe a la violencia directa que
practican lanzas, cogoteros y asaltantes y hace caso omiso de
violencias indirectas que pueden resultar incluso letales? ¿Por qué la
definición de los delitos de mayor connotación social se refiere casi
exclusivamente a los hechos de la delincuencia violenta y hace caso omiso de
otros delitos que pueden ser tan o más nocivos? ¿Por qué se hacen públicos y
se difunden sólo los datos de la delincuencia que practican lanzas, cogoteros y asaltantes, y se mantienen privados los datos
de la delincuencia no violenta que
ejerce más bien la gente de cuello y corbata? ¿Por qué los medios de comunicación
se solazan en mostrar los hechos más violentos y crueles de la delincuencia
sin advertir que esas expresiones son la excepción y no la regla? ¿Por qué el
miedo que cunde entre la gente no se contrasta con las probabilidades reales
de ser víctima de robos con violencia o intimidación? ¿Por qué la renuencia a
diagnosticar y discutir las
circunstancias económicas y socioculturales que pueden promover la
delincuencia de origen popular? Tanto
los hechos que suscitan estas preguntas, como la falta de respuesta,
corresponden a decisiones de los poderes del Estado y de quiénes controlan
los medios de comunicación social. De allí que para intentar comprender esta
situación sea pertinente intentar desentrañar la lógica política que la
motivaría. Y en este sentido resulta plausible pensar lo siguiente: el
énfasis, la exageración, la parcialidad con que autoridades, políticos y
medios informan de la delincuencia que protagonizan lanzas, monreros, cogoteros y
asaltantes, intenta no sólo prevenir, sino también ocultar la acción de otro
tipo de delincuentes y, sobre todo, ocultar la presencia de las violencias
permitidas, no tanto de esas que se expresan directamente en las relaciones
cara a cara, como de aquellas que, incrustadas en nuestras instituciones y
formas de organización social, dañan indirecta y difusamente la integridad de
las personas. Acaso más impulsiva que deliberadamente, acaso más inconciente
que concientemente, la delincuencia de origen popular es manipulada para
presentarla como agotando en sí misma toda la violencia. No habría más
violencia que la que muestran los medios, que la que informa el Ministerio
del Interior, que la que discuten los adalides de la seguridad ciudadana. Las
múltiples caras de la violencia en las relaciones sociales se reducirían a
una sola: la cara feroz y amenazante del cogotero
que aguarda a la vuelta de la esquina. Hágase la guerra contra lanzas, cogoteros y asaltantes y entonces ha de vivirse en
armonía y en seguridad. Y de tanto exacerbar la oposición delincuente / gente
honrada y pacífica, acaban haciéndose humo otras oposiciones como las de
privilegiado / no privilegiado; abusador / abusado; integrado /excluido;
prestigioso / discriminado, oposiciones que, sin duda, animan nuestra
sociedad y dañan la integridad de muchos. Al estigmatizar al delincuente de
origen popular como protagonista exclusivo de la violencia, se redime,
mágicamente, al resto de toda violencia. Se pueden ya distinguir con certeza
los buenos de los malos y convocar a los primeros a luchar contra estos
últimos, lucha que se pregona como elemento esencial del proyecto de país. No
hay vuelta que darle: la violencia prohibida es un asunto político, manejado
políticamente y que acaba ofuscando las violencias permitidas. NOTAS (1)
Citado por Rosa del
Olmo, “La conexión criminalidad violenta / drogas ilícitas”, en “La grieta de
las drogas”, Martín Hopenhayn compilador. CEPAL;
Naciones Unidas, Santiago, 1997. Pág. 83. (2)
Rosa del Olmo, “La
conexión criminalidad violenta / drogas ilícitas”, Op.Cit. (3)
Irma Arriagada, Lorena Godoy, “Seguridad ciudadana y violencia
en América Latina”. Serie Políticas Sociales, 32. División de Desarrollo
Social, CEPAL, Naciones Unidas, Santiago, agosto de 1999. Pág.8. (4)
Francisco López, “La
violencia: una gramática social perversa”. En “Persona y Sociedad”, Instituto
Latinoamericano de Doctrina y Estudios Sociales, Vol. VII-
N4, 1993. (5)
Francisco López, Op. Cit. (6)
Sigmund Freud, “¿Por qué la guerra?”.
En E.I. Megargee, J.E. Hokanson, “Dinámica de la
agresión”. Editorial Trillas, México, 1976. Págs. 30-31. (7)
D.W. Winnicott, “Deprivación y Delincuencia”. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998. Págs. 113-139. (8)
Luis Barros Lezaeta, “Los sentidos
de la violencia en casos de robo con violencia o intimidación”. Serie
Estudios, Centro de Estudios de Seguridad Ciudadana, Universidad de Chile,
Santiago, octubre 2003. (9)
Luis Barros Lezaeta, Op. Cit. |
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[1] Publicado en “
[2] Licenciado en Sociología Universidad de París (Sorbonne), magíster en sociología FLACSO. Consultor
Internacional para programas O.E.A. y Unión Europea.