GENERALIDADES EN TORNO A LA VIOLENCIA[1]

 

LUIS  BARROS  LEZAETA[2]

 

 

 

RESUMEN

El autor expone y discute diversas definiciones y teorías acerca de la violencia, poniendo en evidencia tanto su universalidad y omnipresencia en los distintos ámbitos de las relaciones humanas, como la falta de consenso en su definición.

En su recorrido a través de diversos enfoques teóricos, destaca su análisis de la distinción entre violencia aceptada y violencia prohibida, introduciendo el factor político para explicar porqué la sociedad acepta ciertas formas de violencia y otras las penaliza. 

Pone de relieve, también, el tratamiento que hacen los medios de comunicación de la violencia, planteando sugestivas preguntas acerca de la relación entre la realidad de las cifras oficiales y la representación mediática que termina por generar más miedo del que correspondería a la probabilidad de ser víctimas de la delincuencia violenta.

El autor señala que al estigmatizar al delincuente de origen popular como protagonista exclusivo de la violencia, se redime al resto, mágicamente, de toda violencia. Así, las múltiples caras de la violencia en las relaciones sociales se reducen a una sola: la cara amenazante del asaltante que aguarda a la vuelta de la esquina.

 

SUMMARY

The author discusses several definitions and theories about violence, showing its omnipresence  in different dimensions of human relationships, and the lack of consensus on its definition.

In his looking through different theoretical approaches, he highlights the distinction between accepted violence and forbidden violence, introducing political factors to explain why society accepts some expressions of violence and penalize others.

He also focuses upon the media treatment of violence, raising some queries about the relation between official statistics and the media representation of it, which results in generating more fear  than expected for the objective chance of suffering a violent assault.

The author concludes that stigmatizing the socially marginalized offender as an exclusive protagonist of violence,  redeems  society from its responsability. Therefore, the multiple faces of violence in social relationships are reduced to just one: the threatening offender`s face waiting round the corner.

 

INTRODUCCIÓN

 

Intentar abordar el tema de la violencia es como pretender tocar fondo en las profundidades de lo humano. Tocar fondo supone el vértigo de hundirse y, en el caso de la violencia, de hundirse en algo oscuro, amenazante, destructivo. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos visto la cara de la violencia y sabemos que espanta. Acaso lo más espantoso de ella sea el tener que aceptarla como algo absoluta y exclusivamente humano. La violencia, venga de donde venga y cualquiera sea la forma en que se manifieste, jamás deja incólumes nuestras más preciadas imágenes de lo humano. Ella atestigua brutalmente que los hijos de Dios, los hijos de la razón, los dignatarios de una conciencia moral, los constituyentes de los derechos humanos, vivimos desgarrados haciéndonos bien y mal. Es significativo que uno de los primeros hechos que narra la Biblia tras la expulsión del Paraíso del primer hombre y de la primera mujer, sea la violencia de Caín contra Abel. Y desde entonces la historia de Caín y Abel sigue siendo una metáfora válida de la convivencia humana. La violencia está presente en las guerras, en la lucha por el poder, en el castigo a los niños, en el abuso sexual, en la represión de manifestaciones públicas, en las peleas entre vecinos, en los golpes entre competidores deportivos. Que el rostro de la violencia sea espantosamente humano, nos lleva a intentar ocultarla, disfrazarla, desviarla, mistificarla. De allí las dificultades para abordarla.

 

DEFINICIONES  DE  VIOLENCIA

 

Las dificultades para abordar la violencia se manifiestan al momento mismo de su definición. Según Jerome Skolnick, “La violencia es un término ambiguo cuyo significado es establecido a través de procesos políticos. Los tipos de hechos que se clasifican como violentos varían de acuerdo a quien suministra la definición y a quien tiene mayores recursos para difundir y hacer que se aplique su decisión” (1).

 

En todo caso, la bibliografía sobre el tema evidencia no sólo la falta de consenso para definir la violencia, sino también lo impreciso y problemático de las variadas definiciones.

 

Una criminóloga define la violencia como: “Actuaciones de individuos o grupos que ocasionan la muerte de otros o lesionan su integridad física” (2). Queda claro que el asesinato a sangre fría es una manifestación de violencia. Queda claro que las heridas provocadas por la riña entre pandillas rivales son resultado de la violencia. Pero, ¿es violento el conductor que se embriaga y que tiene un accidente de tránsito donde muere su acompañante? En otras palabras, la violencia, ¿supone o no la intención de hacer daño? Y si la violencia significa ocasionar la muerte de otros o lesionar su integridad física, cabe preguntarse: los niños muertos de hambre tras un largo proceso de desnutrición, ¿fueron o no víctimas de la violencia? El entorno adulto de esos niños, padres, vecinos, podría argüir que su intención fue la de proveerlos de una alimentación adecuada, pero que carecieron de los recursos para hacerlo. Situaciones como esta, por desgracia tan frecuentes en el mundo contemporáneo, plantean una serie de interrogantes. ¿Entenderemos por violencia sólo aquella que se ejerce directamente y cuyo responsable, por ende, es claramente identificable? O, por el contrario, ¿consideraremos también que hay una violencia indirecta y de responsabilidad difusa? La violencia, ¿es siempre activa o cabe reconocer también una violencia capaz de manifestarse por omisión? Pero hay más. Antes de la promulgación de la ley sobre violencia intrafamiliar, los hombres en Chile podían golpear a su mujer y a sus hijos sin sanción alguna, salvo que ocasionaran lesiones. La cultura machista tradicional aceptaba que, dentro de ciertos límites, el hombre maltratara físicamente a su mujer y a su prole. La pregunta se desprende de lo anterior: ¿cabe o no distinguir entre aquellas manifestaciones de violencia que están permitidas socialmente y aquellas que están legalmente sancionadas? ¿Qué criterios llevan a definir ciertas formas de violencia como aceptables y a otras como prohibidas? Todos estos interrogantes surgen de la definición de violencia recién descrita, definición que, como se ve, deja muchos cabos sueltos.

 

Un par de cientistas sociales propone la siguiente definición de violencia: “Es el uso o amenaza de la fuerza física o psicológica con intención de hacer daño de manera recurrente y como una forma de resolver los conflictos”(3). Esta definición agrega nuevos elementos al significado de la violencia. Junto con afirmar que la violencia supone la intención de hacer daño, sostiene que es dañino tanto el ataque al otro, como la amenaza de ataque. La gran novedad de esta definición radica, sin embargo, en su afirmación de la violencia como fuerza física o psicológica y, en consecuencia, como ataque a la integridad de las personas. Esto último abre la definición de violencia al extremo de convertirla en algo absolutamente cotidiano. En los más variados ámbitos de convivencia, tanto públicos, como privados, se conjugan verbos como faltar el respeto, despreciar, difamar, calumniar, excluir, ridiculizar, intrigar, achatar, atemorizar, engañar. ¿Cómo acotar entonces la extensión de la violencia psicológica? ¿Cómo calibrar la magnitud de su daño? A diferencia de la violencia física, cuyo daño se objetiva en golpes, lesiones, muerte, la violencia psicológica no puede definirse con independencia del sujeto que la padece. Las mismas palabras, los mismos gestos, la misma situación que lesiona la autoestima de alguien, pueden dejar incólume la de otro ¿Cómo definir genéricamente la violencia psicológica en circunstancias que su daño depende tanto de las intenciones del atacante como de la subjetividad de su víctima? Pero hay más. Considérese el caso de un homosexual que se siente aceptado por su medio familiar, por su medio laboral, en fin, por quienes lo conocen. Más allá de sus relaciones personales, el mismo homosexual se siente, sin embargo, maltratado. Lo humilla que la Iglesia Católica afirme que un homosexual, por el sólo hecho de serlo, no puede ser ordenado sacerdote; lo denigra la ridiculización que de él y sus congéneres hacen los medios de comunicación social; lo ofende que el homosexual sea motivo de chiste y que la palabra maricón connote tanto a los de su género, como a aquellos hombres que evidencian mala o dudosa calidad humana; lo menoscaba que mientras hombres y mujeres asisten a lugares de entretención bien abiertos, bien iluminados, incluso publicitados, él tiene que entretenerse en locales casi clandestinos. En suma, más allá de las relaciones interpersonales en que se siente acogido, se percibe estigmatizado socialmente. Casos como este, a los que podrían sumarse casos de racismo, de clasismo, plantean una serie de interrogantes con respecto a la violencia psicológica. ¿Cabe o no distinguir una violencia propiamente psicológica, es decir, producida y manifestada en las relaciones entre individuos, de una violencia psicosocial, es decir, producida culturalmente y manifestada, en consecuencia, en los más diversos contextos de interacción social? Si se reconoce la existencia de una violencia psicológica de origen sociocultural, ésta, por definición, está permitida socialmente. Cabe entonces preguntarse: ¿Cómo se explica que ciertas formas de violencia se acepten socialmente y otras no?

 

La definición en discusión sostiene, además, que  para hablar de violencia, sea física o psicológica, ésta debe actuarse de modo recurrente. El sentido común intuye que hay algo distinto entre el asesino en serie y el que mata una sola vez, entre los prejuicios de un sector social en contra de otro sector y el desprecio con que alguien puede tratar momentáneamente a otra persona. Esta diferencia, ¿es meramente cuantitativa o la habitualidad en el ejercicio de la violencia expresa algo sustantivo? ¿Qué sería lo sustantivo que justificaría la distinción entre una violencia actuada de modo recurrente y otra actuada esporádica o puntualmente? Planteárselo no resulta baladí dado que, por definición, las formas de violencia permitidas socialmente son mucho más recurrentes que aquellas que están sancionadas legalmente. En todo caso, cualquiera sea la significación atribuida a la calidad de recurrente de la violencia, la definición de ésta no puede excluir los ataques puntuales que intentan dañar a otros.

 

La definición en cuestión acaba señalando que la violencia actúa como una forma de resolver los conflictos. Queda claro que las guerras zanjan conflictos de intereses políticos, económicos, ideológicos. Queda claro que la golpiza de un hombre a su mujer puede suscitarse a partir de sus discrepancias. Pero, ¿qué conflicto resuelve el robo con intimidación? El ladrón amenaza a un desconocido y si éste no opone resistencia y deja que lo roben, el ladrón nada tiene contra él. Prueba de ello es que, después de robar a la víctima, le permite irse sin dañarla físicamente. Podría argüirse que el ladrón, frustrado por su pobreza, por su falta de oportunidades de trabajo, está en conflicto con su sociedad y que le quita a otros lo que la sociedad le niega. Si así fuere, habría que concluir que el ladrón opone su violencia a la violencia de su sociedad  que, al negarle las oportunidades de trabajo remunerado, lo ataca tanto en su integridad física, como en su autoestima. Se plantearía así la paradoja de que la violencia de la sociedad que generaría el conflicto está permitida, no así la del ladrón que está sancionada. Pero esta línea de argumentación plantea también otros problemas. Si se asumiere que el ladrón está en conflicto con su sociedad, sus víctimas deberían simbolizar eficazmente a esa sociedad. ¿Quiénes encarnarían para el ladrón la sociedad que lo conflictúa? ¿Todos sus miembros encarnarían indistintamente a la sociedad o los miembros de ciertos sectores sociales la simbolizarían más eficazmente que otros? ¿Qué percepción de sociedad tendría el ladrón para montar los procesos de simbolización que lo llevarían a discernir el tipo de víctima propiciatorio de su conflicto con la sociedad?

 

Lo dicho hasta aquí basta para indicar que la segunda definición de violencia propuesta, al igual que la primera, plantea muchos interrogantes.

 

He aquí una tercera definición. “Violencia es la presión de naturaleza física, biológica o psíquica, ejercitada directa o indirectamente por el ser humano sobre el ser humano que, pasado cierto umbral, disminuye o anula su potencial de realización, tanto individual, como colectivo, dentro de la sociedad de que se trate” (4). Acaso lo más novedoso de esta definición sea su afirmación de que el resultado de la violencia es la disminución o anulación del potencial de realización humana, tanto individual, como colectivo. Dicho potencial se percibe como una realidad objetiva y, por ende, susceptible de connotar en términos de un potencial humano estándar que permita contrastar diversas situaciones y discernir así eventuales grados de disminución o anulación. Pero, ¿cómo se establece un patrón de potencial humano? ¿Cómo se procede a establecerlo sin cerrar arbitrariamente el horizonte de la creatividad humana? ¿Quién o quiénes lo establecen? El autor aclara el sentido de su definición con el ejemplo siguiente. “Cuando un marido maltrata a su mujer, hay violencia. Pero también cuando un millón de maridos mantiene a un millón de mujeres en la ignorancia, hay violencia estructural, aunque ninguna de ellas se queja del dolor” (5). A la luz de esta situación, podría argüirse que la violencia se refiere a la distribución de ciertos bienes creados y producidos socialmente: educación, salubridad, riqueza, igualdad ante la ley. Toda sociedad capaz de producir ciertos bienes en cantidad adecuada para el potencial humano de todos sus miembros, pero que excluye o mezquina el acceso de algunos de sus miembros a esos bienes, sería violenta. ¿No sería también violenta una sociedad incapaz de producir los bienes adecuados para el potencial humano, por muy equitativa que fuere la distribución de su escasez?  ¿Habría un criterio para discernir si es más violenta la muerte por inanición de los niños de Tucumán, que el hambre de los niños de Etiopía? ¿Quiénes serían responsables de esa violencia?

 

Pero hay más. Sin negar que los privilegios económicos, políticos, sociales de algunos, puedan significar la exclusión de otros de los bienes de una sociedad, cabe plantearse lo siguiente: ¿No es dable suponer una sociedad abundante y equitativa en la producción de ciertos bienes y asaz mezquina en la producción de otros? ¿No es plausible imaginar, por ejemplo, una sociedad cuyo prurito de eficacia en la producción de bienestar material para todos, implique vivir según normas y convenciones que reducen el tiempo y los espacios para el amor, la amistad, la contención generosa y solícita de los hijos? Y que así fuere, ¿no constituiría un ataque al potencial afectivo de hombres y mujeres? Si la violencia se define en función del potencial humano, cabría concluir que ella resulta no sólo de procesos de exclusión social, sino también de procesos de integración a sociedades que enfatizan la valoración e institucionalización de ciertas dimensiones de lo humano en desmedro de otras. De allí que surja, nuevamente, la necesidad de responder a ¿cuáles son los criterios para definir lo sustantivo del potencial humano? En la medida que ello no se aclare ni precise, tampoco se aclara y precisa la violencia como ataque al desarrollo de dicho potencial.

 

Por último, la definición en cuestión afirma que la violencia es un fenómeno social. Ella apunta a una realidad estructural anidada en el conjunto de prácticas económicas, sociales, jurídicas y culturales que impiden que las personas y los grupos humanos puedan realizar toda su potencialidad. La violencia social no se percibe en términos concretos, sino que es abstraída en cuanto se institucionaliza en el orden económico, político, cultural. El orden social enmascara así una violencia cotidiana. Que así sea no justifica, sin embargo, hacer caso omiso de una violencia anidada en el individuo. Por mucho que el individuo se construya como sujeto en relación a su medio social, no podemos reducirlo a un mero reflejo de su sociedad. En cada individuo hay algo socialmente imponderable y, más allá de la violencia de su medio, el individuo es capaz de una violencia propia. No todos los machos golpean a sus mujeres, no todos los privilegiados abusan, no todos los excluidos se vengan.

De lo dicho hasta aquí se aclara, por una parte, la omnipresencia de la violencia en lo humano y, por otra, las dificultades para definirla.

 

ORIGENES  DE  LA  VIOLENCIA

 

Así como no hay consenso para definir la violencia, tampoco hay acuerdo para concebirla teóricamente. De las múltiples teorías sobre la violencia puede, sin embargo, concluirse que hay dos grandes perspectivas para percibir el fenómeno. Por un lado están quienes afirman el carácter innato de la violencia y, por otro, quienes sostienen que ella surge de las relaciones humanas y, por consiguiente, tiene un origen social.

 

Entre las teorías que conciben la violencia como algo propio de la naturaleza humana, acaso la teoría psicoanalítica sea la más elaborada y difundida. Freud consideró que el propósito de la vida de un organismo es satisfacer sus necesidades. Las necesidades provocan tensiones y el organismo se mueve para reducir esas tensiones. Este movimiento reductor de tensiones sería básicamente instintivo. “…los instintos humanos son solamente de dos tipos: los que buscan preservar y unificar  -a los cuales denominaremos eróticos- y aquellos que pretenden destruir y matar, a los cuales hemos clasificado conjuntamente como instintos agresivos o destructivos…Ninguno de esos instintos es menos esencial que el otro; el fenómeno de la vida humana surge de la operación que ambos actúan ya sea a favor o en contra. Pareciera que un instinto de un tipo difícilmente puede operar aisladamente, siempre va acompañado con un elemento del otro lado que modifica su meta. Por ejemplo, el instinto de conservación es ciertamente de tipo erótico y, sin embargo, debe tener a su disposición agresividad si ha de cumplir su propósito. Asimismo, cuando el instinto de amar se dirige a un objeto, requiere la contribución del instinto de dominio si pretende en cierta forma poseer dicho objeto. La dificultad de aislar los dos tipos de instintos en su manifestación real es lo que nos ha impedido tanto tiempo reconocerlos”(6)

 

Impulsados simultáneamente por la fuerza que los lleva a empatizar e identificarse con los otros y por la fuerza que los lleva a la agresión, los seres humanos viven conflictivamente sus relaciones entre sí. Si bien las raíces del conflicto son instintivas, las posibilidades de que este se concrete no son ajenas a la experiencia social de los individuos. Al respecto Freud imagina el psiquismo humano compuesto de tres instancias. El id o ello corresponde a nuestros instintos, al puro deseo de reducir nuestras tensiones vitales, y representa una instancia psíquica sin ninguna conciencia organizadora o rectora. El ego se forma a partir del primer día de vida y corresponde a la parte conciente de nuestro psiquismo. El individuo comienza a desarrollar un pensamiento que lo lleva a construir una realidad que erige como instancia reguladora de sus deseos y de su acción. La resolución de las tensiones vitales debe adaptarse a las posibilidades que brinda esa realidad. De más está decir que en la constitución dinámica del ego las relaciones del niño con su medio social juegan un papel fundamental. Es el entorno adulto del niño el que transmite sus certezas de modo que la realidad se piense como un horizonte abierto a la curiosidad y la creatividad o, por el contrario, como algo definitivamente dado y que sólo cabe aceptar. El superego sería la tercera instancia del psiquismo humano. Se forma a partir del momento en que el niño comprende las connotaciones afectivas con que los adultos valoran la realidad que han definido. Corresponde a los procesos a través de los cuales el niño interioriza y se identifica con lo que su medio social estima como lo bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido, lo útil e inútil, lo hermoso y lo feo. La elaboración subjetiva del superego, al igual que la del ego, implica tanto los instintos, como las relaciones sociales del individuo, sobre todo las relaciones primarias del niño. Que el individuo interiorice una estructura normativa y convencional capaz de regular sus deseos y acciones, está fuertemente influido por la claridad o confusión, la consecuencia o inconsistencia, la solicitud o indiferencia con que los adultos inculcan su mundo de valores

 

De lo dicho hasta aquí se desprende que la teoría psicoanalítica, no obstante afirmar la naturaleza instintiva de la violencia, sostiene que las instancias psíquicas del individuo son capaces de regular sus deseos y manifestaciones de agresividad y que el desarrollo de esas instancias está influido por la experiencia social del sujeto. De allí que un psicoanalista tan reputado como Winnicott exprese lo siguiente. “EL problema no es que otros sean más o menos agresivos; el problema es que los seres humanos manejan de manera diferente esos impulsos”. Y el mismo autor se pregunta: “…¿ qué ocurre si el hogar no proporciona contención a un niño antes de que haya establecido la idea de un marco como parte de su propia naturaleza?”(7).

 

Desde Freud a nuestros días, las diversas corrientes psicoanalíticas han desarrollado un abundante cuerpo teórico para explicar la dinámica de los procesos a través de los cuales el niño y el adolescente construyen su ego y superego en el contexto de sus relaciones primarias. Pero la perspectiva psicoanalítica, influida acaso por su intencionalidad básicamente terapéutica, ha teorizado poco acerca de los procesos de construcción de contextos intersubjetivos de experiencia tan amplios como la cultura y las instituciones, instancias tan importantes en la regulación de los instintos individuales, como que imponen sus convenciones y normas al conjunto de la sociedad. Y tanto la cultura, como las instituciones, pueden producir grandes paradojas en la regulación de los deseos y de la acción individual. Considérese, por ejemplo, una sociedad multirracial cuya cultura valora la superioridad de una raza sobre las demás y cuya institucionalidad segrega a las razas supuestamente inferiores. Obviamente los individuos de esa sociedad, mientras más identificados estén con las convenciones y normas de su medio social, serán más racistas y, en consecuencia, más hostiles en sus relaciones de convivencia. En otras palabras, un superego potente, una conciencia moral bien asentada en las valoraciones de su medio social, no significa necesariamente, y contra lo que tendería a creerse, la inhibición de los instintos de destrucción a favor de los impulsos eróticos. Por el contrario, un superego fuerte puede significar la identificación con convenciones y normas que, en vez de inhibir la agresividad, la estimulen y legitimen, desviándola hacia ciertos sectores sociales que son estigmatizados. Para este tipo de violencia la teoría psicoanalítica no ofrece mayor exploración.

 

Entre las teorías que no conciben la violencia como algo innato y que postulan que ella se origina en las relaciones humanas, baste mencionar una de las más difundidas, a saber: la teoría de la frustración-agresión.

 

La teoría de la frustración-agresión, formulada originalmente por Dollard y colaboradores en 1939, ha sido desde entonces acrecentada y reinterpretada en varias formas. Lo medular radica en su afirmación de que la agresión es un impulso adquirido en respuesta a la frustración. Por frustración se entiende cualquier interferencia a las actividades de búsqueda de una determinada meta o al acceso a los medios requeridos. Cada vez que se bloquean las actividades o los medios tendientes a la consecución de una meta, surge la agresión como reacción primaria y característica a la frustración. La agresión se define como un acto cuya finalidad consiste en herir al responsable o instigador de la frustración.

 

Si bien se sostiene que la agresión es siempre consecuencia de la frustración, no se asevera que esta última produzca siempre una reacción agresiva. Las probabilidades de que la frustración se traduzca en agresión varían fundamentalmente según la magnitud de la frustración y la inhibición que provoca el grado de castigo anticipado por la expresión del acto agresivo. De manifestarse la agresión, ella, a su vez, puede dirigirse contra el responsable de la frustración o desplazarse hacia un blanco más favorable o menos riesgoso. El desplazamiento de la agresión supone calcular que la agresión dirigida hacia la fuente de frustración puede resultar contraproducente. Así, por ejemplo, frente a la frustración provocada por el jefe, el mando medio desvía su agresión hacia otros mandos inferiores. En este sentido la teoría de la frustración-agresión explicaría la conducta agresiva desplazada hacia los miembros de ciertos grupos minoritarios o de mayorías socialmente débiles. La frustración de individuos y grupos que se auto perciben más fuertes se volcaría  agresivamente hacia grupos sociales vulnerables e inocentes que servirían de chivos expiatorios.

 

El concepto de frustración plantea problemas. Si ésta se define como el impedimento para que alguien actúe en pos de sus metas o acceda a los medios necesarios, la frustración supone un agente, alguien que interfiera activamente la realización de las metas de un tercero. Y así como es válido suponer que el agente de la frustración ha actuado fortuitamente, es igualmente plausible suponer que ha frustrado intencionalmente. Ahora bien, si el que frustra busca intencionalmente impedir que el otro realice lo que quiere, ¿no está acaso hiriendo, dañando, es decir, agrediendo al otro? ¿No es dable entonces suponer que la frustración entraña una agresión previa? Si así fuere, la secuencia lógica no sería ya frustración-agresión, sino agresión-frustración-agresión y habría, en consecuencia, que concluir que la agresión que frustra provoca más agresión, en vez de sostener que es la frustración la que genera la agresión.

 

Ahora bien, la teoría de la frustración-agresión aparece recorrida de punta a cabo por los hilos del poder. Si este se define como la capacidad de alguien o de algunos de imponer su voluntad a terceros en la medida que se cuenta con los recursos eficaces para dominar al otro, puede observarse cómo el fenómeno del poder marca las posibilidades de la frustración. Frustrar implica, en última instancia, la expresión del poder de unos sobre otros. Impedir que alguien busque realizar lo que quiere, es quebrar su voluntad. Y para lograr ese quiebre, el que frustra debe contar con los medios eficaces para sojuzgar al que será frustrado. Que los padres sean capaces de frustrar a sus hijos pequeños, no es independiente de las relaciones de dependencia vital en que se encuentran los niños. De allí que éstos no puedan oponer su voluntad a la de sus padres y que estos últimos dominen a su arbitrio. En la sociedad sudafricana del apartheid, los enamorados, el hindú, ella afrikaner, estaban impedidos de realizar su voluntad de constituir una familia. Su frustración no era independiente de su relación de dependencia con respecto a un Estado que contaba con los recursos legales y policiales capaces de someterlos. En las sociedades latinoamericanas muchos jóvenes de origen popular ven frustrada su voluntad de ascenso social por la llamada falta de oportunidades que, si se analiza minuciosamente, tópase, más temprano que tarde, con la voluntad política de quienes oligopolizan la riqueza, los símbolos de prestigio, el control de los medios de comunicación y, en consecuencia, tienen la capacidad para producir un orden social a su imagen y semejanza. Como se ve la frustración, tanto a nivel interpersonal, como social, supone un juego de voluntades que gana el que tiene el poder para imponerse.

 

Pero hay más. El fenómeno del poder está también presente en el derrotero que puede seguir la agresión. Que la agresión se inhiba o se desplace no es independiente de la percepción que el frustrado tenga del agente de su frustración. Afírmase que uno de los factores más inhibitorios de la agresión es la anticipación de la magnitud del castigo que puede recibir como respuesta. Si se dejan de lado consideraciones de carácter legal, para inhibir o no su agresividad la persona o el grupo ha de sopesar la capacidad de represalia del agente o instigador de su frustración, entiendo que esa capacidad no es sólo la de agredir de vuelta, sino también la de volver a frustrar y de frustrar de modo más y más contundente. De allí que la persona o el grupo decida inhibir o calibrar su agresión según el poder de su agresor. Esta misma dinámica lleva a desplazar la agresión, dirigiéndola contra alguien inocente, pero tenido como débil, en vez de dirigirla contra el verdadero agente de la frustración, pero tenido como poderoso.

 

Pese a la presencia del poder en la trama de la frustración-agresión, la teoría lo deja implícito, sin sacarlo a luz. Al respecto baste señalar lo perturbador que resulta afirmar que, dado que la frustración supone la imposición de la voluntad de unos sobre otros, es el poder el que provoca la agresión.

 

Sin negar la influencia ejercida hasta ahora por la teoría psicoanalítica y por la teoría de la frustración-agresión, ambas teorías están lejos de agotar la reflexión en torno a la violencia. Recientemente ha cobrado importancia la teoría del aprendizaje social de la violencia formulada por Bandura.

 

Comparado con otros teóricos, a este autor le interesan menos las fuentes o el impulso de instigación agresiva que las contingencias de reforzamiento del comportamiento agresivo. Bandura sostiene que tanto el entorno familiar del niño, como el medio sociocultural en que se desarrolla, pueden manifestar pautas de agresividad que van modelando una conducta agresiva. El niño aprendería a ser violento a partir de la conducta violenta de su padres, así como a partir de la agresividad que expresa su medio sociocultural. De allí que los seguidores de Bandura enfaticen el impacto de la violencia intrafamiliar sobre la conducta futura de los niños. Un niño maltratado, castigado físicamente, humillado u ofendido por sus padres tenderá a seguir dicho ejemplo, volviéndose el mismo castigador. Se enfatiza igualmente el influjo que tienen los contenidos violentos de los medios de comunicación social, sobre todo los medios audiovisuales. Un niño sobreexpuesto a la violencia televisiva y cinematográfica tendería a seguir ese ejemplo. Pero sin negar el aporte de Bandura, su teoría no responde a los motivos que tendrían los padres para ser violentos ni a las intenciones que tendrían los medios de comunicación para inculcar la violencia vía el espectáculo de la misma.

 

Lo dicho hasta aquí ilustra como las teorías sobre el origen de la violencia, al menos las reseñadas aquí, si bien arrojan diversas luces, distan de aclarar el fenómeno.

 

 

LA  VIOLENCIA  PROHIBIDA: UN  ASUNTO  POLITICO

 

De lo expuesto puede, al menos, afirmarse lo siguiente:

 

En primer lugar, las definiciones y teorías  acerca de la violencia, no obstante sus diferencias y cabos sueltos, aclaran que ella se manifiesta en los más diversos ámbitos de las relaciones humanas. Los expertos ilustran su concepción de la violencia citando desde las guerras a los malos tratos familiares, desde las faltas de oportunidades sociales que frustran a algunos a la estigmatización que padecen otros, y afirman que hay violencias físicas y psicológicas, directas e indirectas, individuales y sociales, puntuales y recurrentes, activas y por omisión. Y esto es algo intuido por el sentido común; es más, el sentido común no sólo intuye, sino que sabe y experimenta que la violencia, sea lo que sea y venga de donde venga, es un aspecto universal y genérico de lo humano. Cabe pues afirmar categóricamente la universalidad y omnipresencia de la violencia.

 

En segundo lugar, cabe también afirmar que hay violencias permitidas y prohibidas socialmente. Y es en esta distinción en la que resulta de interés detenerse.

 

De las múltiples caras de la violencia, la violencia prohibida  es algo bien acotado. Ella se refiere a la comisión de actos definidos explícitamente como violentos, que están proscritos por la ley y que, en consecuencia, son jurídica y judicialmente punibles. La definición de la violencia prohibida es algo absoluta y exclusivamente legal y tanto el tipo de actos considerados, como su gravedad y sus penas, dependen del estado del Derecho en una sociedad dada. De allí que, desde la constitución del Estado Moderno, la violencia prohibida sea una definición eminentemente política puesto que son los poderes del Estado los que la definen y  deciden y administran  la ley penal  que castiga a sus hechores. Obviamente que la violencia prohibida está lejos de agotar la violencia que ocurre en una sociedad puesto que está mediatizada por la peculiar percepción de quienes controlan el Estado. Tanto es así, que el Derecho no sólo no subsume todas las manifestaciones de la violencia, sino que incluso puede constituirse en fuente de violencia. Baste recordar las leyes de segregación racial impuestas en un pasado nada remoto en Alemania, el sur de los Estados Unidos, Sudáfrica, o los decretos de  proscripción, persecución y castigo de ciertos movimientos políticos impuestos en un pasado más bien reciente en Argentina, en Chile. De allí la conveniencia de mantener presente que violencia y violencia prohibida no son la misma cosa. La violencia, en su universalidad, trasciende de lejos las particularidades de la violencia prohibida y esta última, influida como está por una lógica política, observa la paradoja de hacer caso omiso de ciertas expresiones de violencia e, incluso, de institucionalizar la violencia de quienes controlan el Estado sobre ciertos sectores de la población.

 

Ahora bien, la legislación chilena, más específicamente, el Código Penal, entiende la violencia en el sentido de delitos contra la integridad física de las personas, sea porque hay lesión corporal de la víctima, sea porque hay amenaza de coerción física .De allí que se definan delitos que manifiestan violencia, el homicidio y la provocación de lesiones corporales, el robo con violencia o intimidación, la violación y la coacción sexual. Cualquier otro tipo de daño que se considere delito, aquellos que atentan contra  la honra o la propiedad de las personas, no es considerado un delito violento. Y dado que la comisión de delitos se conoce como delincuencia, se tiene que el  Código Penal distingue una delincuencia violenta de otra no violenta.

 

A continuación se enumeran ciertos hechos que caracterizan, en parte, el tratamiento que se da a la delincuencia  violenta y que sugieren, al menos con cierta plausibilidad, el influjo de lo político en la definición de la violencia prohibida.

 

En primer lugar, cabe constatar que del conjunto de delitos definidos como violentos, los más frecuentes, de lejos, son los robos con violencia o intimidación, es decir, los que corresponden a la delincuencia de origen popular y que cometen los pobres.

 

La definición de delito violento se restringe a la violencia directa, es decir, a la agresión o amenaza de agresión ¿Por qué se hace caso omiso de formas indirectas de violencia que pueden incluso resultar letales? Una empresa constructora que por error, negligencia o afán de lucro, construye y vende departamentos en un edificio cuyo sistema de evacuación de gases es tan deficiente que arriesga altas concentraciones de monóxido de carbón, ¿no está acaso atacando la integridad física de los moradores del edificio en cuestión? Un Estado que por error, por negligencia, por cuestión de prioridades o por tráfico de influencias, autoriza la instalación y funcionamiento de una industria que contamina el aire, el agua, ¿no está acaso atacando también la integridad física de los vecinos del lugar? ¿Por qué si hay acciones que indirectamente dañan la integridad física de las personas, la legislación no define esas acciones como delitos violentos?

 

He aquí otro hecho sugerente. El Ministerio del Interior hace públicos y difunde cada tres meses los datos referidos a los llamados delitos de mayor connotación social que coinciden con la delincuencia definida como violenta y que perpetran, sobre todo, los jóvenes de sectores populares. Estos datos son ampliamente debatidos por las autoridades, políticos, expertos y la prensa, ¿pero quién ha definido y con qué criterios que estos son los delitos de mayor connotación social? ¿Por qué las estadísticas de la delincuencia no violenta, sobre todo los daños a la propiedad y a los intereses económicos  de las personas que no cometen precisamente los sectores populares, no se dan a conocer y se mantienen privadas? ¿Acaso el daño que provoca un cogotero que intimida sin llegar a la agresión y roba $15.000 a su víctima es mayor al daño que provoca un empleador que ofrece trabajo sin contrato cosa de no aportar al fondo previsional del empleado o al daño que provoca al Fisco el evasor de impuestos por varios millones?

 

Los noticieros de televisión dedican considerable tiempo para mostrar los asaltos del día: siempre violentos, con armas de fuego de por medio, con víctimas cruelmente maltratadas, heridas, incluso asesinadas, y donde el delincuente aparece como alguien desalmado, intrínsecamente malo, que agrede por el gusto de agredir ¿Por qué la televisión descontextualiza su información sobre la delincuencia violenta? ¿Por qué no informa que las estadísticas oficiales señalan que los robos con violencia propiamente tal son francamente minoritarios y que en la gran mayoría de los casos el ladrón intimida sin  agredir a su víctima? ¿Por qué no informa que en la mayoría de los casos de robo con agresión las lesiones a la víctima son leves? ¿Por qué insiste en presentar la excepción como si fuese la regla? ¿Por qué las autoridades no critican ni desvirtúan este modo de informar de los medios?

 

Lo anterior explica otro hecho que llama la atención. Variadas encuestas dan cuenta periódicamente que la gente tiene cada vez más miedo de ser víctima de la delincuencia violenta. Los políticos han traducido ese miedo como falta de seguridad ciudadana y han erigido el tema de la seguridad, definida como control de la delincuencia violenta, en una de las prioridades de la agenda pública ¿Por qué no se informa a la población que, según las cifras reales de victimización, las probabilidades de ser víctima de la delincuencia violenta son harto menores de lo que la gente cree? ¿Por qué no se contrasta el miedo a la delincuencia violenta con la magnitud y características que ella registra objetivamente? ¿Quiénes definieron la seguridad ciudadana restringiéndola a las probabilidades de ser o no víctima de la delincuencia violenta? ¿Acaso la cesantía, la precariedad económica y todo lo que ella conlleva, no son también fuentes de inseguridad? ¿Qué contenidos tendría la seguridad ciudadana si se dejara responder espontáneamente a la gente donde le aprieta el zapato?

 

Por último, otro hecho que sorprende. El debate oficial en torno a la delincuencia violenta prescinde del origen, de las eventuales causas de la misma. Lanzas, cogoteros, asaltantes, ¿nacen o se hacen? Y si se hacen, ¿se hacen solos o influyen en ellos ciertas condiciones de su medio económico y sociocultural? Preguntas como estas se plantean poco o nada. ¿Por qué no se indagan la edad de inicio en la delincuencia violenta, las circunstancias familiares, económicas, sociales y culturales que abonan el terreno para delinquir? ¿Por qué no se elabora el perfil humano del delincuente violento? Y hacerlo no sería baladí. Baste como ilustración el testimonio de dos delincuentes entrevistados dos años atrás cuando cumplían su condena en la ex Penitenciaría de Santiago.

 

Claudio, llamémosle así, vivía con sus padres y hermanos. Su padre era carpintero por cuenta propia, trabajaba esporádicamente y se tomaba lo poco que ganaba. Su madre trabajaba como empleada doméstica puertas afuera. Salía muy temprano en la mañana y volvía a casa casi de noche. En el decir de Claudio: “Como mi padre trabajaba para puro tomar, mi madre tenía que correr con los gastos de la casa y entonces no le alcanzaba la plata y andaba siempre de malas. En cuanto llegaba ya estaba peleano con mi papá. Mi mamá siempre echaba a mi papá de la casa. Le tiraba toda la ropa para la calle y empezaba la gritadera y los empujones de ‘te vas viejo curado’. Como yo era el mayor de los hermanos, mi madre me decía: ‘ya, ayúdame a echar a este curado’. Yo le decía: ‘mamá, yo no puedo, él es mi papá’. Entonces ella se las agarraba conmigo y me decía: ‘tú también te vas con tu padre’ y a los empujones me echaba a la calle y tiraba mi ropa para afuera. Junté impotencia tanto tiempo por el mismo sistema de mi madre”.Cuando Claudio cumplió 13 años las cosas empeoraron. A Claudio le seguía una hermana un año menor que él. La madre no quería que su hija anduviera callejeando ni que se juntase con muchachos. Hizo a Claudio responsable del cuidado de su hermana. Cada vez que la madre regresaba a casa y no encontraba allí a su hija, salía a buscarla, volvía con ella a los gritos e increpaba a Claudio: “Cabro de mierda, si le pasa algo a tu hermana, te muelo a palos”. Y de las palabras pasaba a los hechos. Pescaba un alargador, lo doblaba en dos y azotaba a Claudio por las piernas, por los brazos, por la cara. Claudio cuenta que una tarde “mi mami vio a mi hermana besuqueándose con un cabro. Me dijo ‘tú tenís la culpa’ y con el palo del escobillón me empezó a pegar. Me caí de guata al suelo y ella siguió pegándome en la espalda. Cuando me recuperé, esperé que mi mami saliera a comprar y me fui de la casa”.Claudio tenía entonces 13 años y cursaba séptimo básico. Desde entonces vivió en la calle limosneando y robando al descuido. Tenía 16 años cuando fue detenido por vez primera. Estuvo seis meses en un centro del Servicio Nacional de Menores del que se fugó, Allí, en el decir de Claudio, “me hice más duro y aprendí hartas mañas”.A los 18 años fue condenado por robo con intimidación. Salió  de la cárcel a los 23 años. Al momento de ser entrevistado tenía 30 años y cumplía una nueva condena, esta vez por robo con violencia (8).

 

Tito, démosle este nombre, cursó hasta séptimo básico. Era malo para el estudio y el padre decidió entonces que era mejor que Tito lo acompañara en su trabajo. Su padre era carpintero y trabajaba en una empresa constructora. Tito comenzó a trabajar con su padre, primero como aprendiz y luego como ayudante pagado. Tenía 15 años. Vivía con sus padres y una hermana y en su hogar no faltaba lo indispensable. Cerca de dos años Tito y su padre estuvieron trabajando fuera de Santiago, primero en Aculeo y luego en Maitencillo y Papudo. Tito ganaba $20.000 semanales y, como en esos lugares no había en qué gastar enviaba buena parte de su sueldo a su madre. Tito se aburría pues vivía rodeado de mayores y echaba de menos estar con jóvenes de su edad y carretear. Tenía 17 años cuando volvió a Santiago. Estaba contento de estar en la ciudad pues en el barrio había muchos jóvenes con quienes compartir a la salida del trabajo. Entre sus conocidos había varios que se vestían bien, todo de marca, que calzaban zapatillas “de 55 o más lucas” y vestían buzos de 80. También “carreteaban fino y conseguían buenas minas” puesto que eran capaces de invitar en grande. Demás está decir que varios de los conocidos de Tito eran ladrones. El espectáculo de esos jóvenes caló hondo en Tito. En sus propias palabras: “Yo pienso que no quería ser menos que los demás. Yo los veía bien vestidos y decía: chuta, si ellos se visten mejor que, ¿por qué? Tenían mejor situación que yo, había amigos que tenían auto y todo eso. Entonces yo quería ser mejor, verme bien. Ya no me gustaba comprarme zapatillas que costaran 20 ó 30 lucas y quería una moto, una Honda 350. Pero trabajando honrado yo ganaba una cagada y seguiría siempre en lo mismo”. Tito había cumplido 18 años cuando un par de amigos le dijeron una noche: “ya, vamos, acompáñanos a dar un asalto. Tú vas a hacer puerta. Me pasaron una pistola y me dijeron: tú te quedas afuera hasta que salgamos y tienes que quedarte el último, cuidando que nadie salga del local”. Esa noche Tito se inició en la delincuencia, participando en el asalto a una botillería. El botín fue de “casi 600 lucas” y a Tito le correspondió casi el doble de lo que ganaba en un mes. Tito reconoce haber sentido miedo, pero, en su decir: “Después de la primera vez me sentí como si yo podía hacerlo y entonces me propuse hacerlo. Entonces ya no había temor. Me sentía bien, sobresalía de la gente. Ya dedicado a ladrón, yo llegaba todo taquillero y la gente me miraba. Andaba súper bien pinteado y con los bolsillos llenos”. Junto a sus dos compañeros se dedicó a asaltar locales comerciales. A los 21 años fue detenido por vez primera y procesado por robo con intimidación. Luego de unos meses en prisión preventiva obtuvo su libertad provisional. Pocos meses después fue nuevamente detenido, procesado y, esta vez, condenado a 10 años por robo con intimidación. Al momento de ser entrevistado, Tito tenía 25 años y cumplía su cuarto año de condena en la ex Penitenciaría de Santiago (9).

 

Ambas historias hablan por sí solas. Baste señalar que en las circunstancias de vida de ambos delincuentes se palpa el influjo de una violencia indirecta, de difusa responsabilidad, frustrante de oportunidades de bienestar material y que parece agazaparse tras la pobreza.

 

 Ahora bien, sin duda que la delincuencia definida como violenta es violenta y daña a sus víctimas física y psicológicamente. De allí que quiénes tienen el poder para prohibirla y castigarla hayan actuado justa y razonablemente al hacerlo. Lo que no parece tan razonable es la serie de interrogantes, sin respuestas, que rodean el tratamiento que se hace de la delincuencia  definida como violenta. ¿Por qué la delincuencia violenta se restringe a la violencia directa que practican lanzas, cogoteros  y asaltantes y hace caso omiso de violencias indirectas que pueden resultar incluso letales? ¿Por qué la definición de los delitos de mayor connotación social se refiere casi exclusivamente a los hechos de la delincuencia violenta y hace caso omiso de otros delitos que pueden ser tan o más nocivos? ¿Por qué se hacen públicos y se difunden sólo los datos de la delincuencia que practican lanzas, cogoteros y asaltantes, y se mantienen privados los datos de la delincuencia no violenta  que ejerce más bien la gente de cuello y corbata? ¿Por qué los medios de comunicación se solazan en mostrar los hechos más violentos y crueles de la delincuencia sin advertir que esas expresiones son la excepción y no la regla? ¿Por qué el miedo que cunde entre la gente no se contrasta con las probabilidades reales de ser víctima de robos con violencia o intimidación? ¿Por qué la renuencia a diagnosticar y discutir  las circunstancias económicas y socioculturales que pueden promover la delincuencia de origen popular?

 

Tanto los hechos que suscitan estas preguntas, como la falta de respuesta, corresponden a decisiones de los poderes del Estado y de quiénes controlan los medios de comunicación social. De allí que para intentar comprender esta situación sea pertinente intentar desentrañar la lógica política que la motivaría. Y en este sentido resulta plausible pensar lo siguiente: el énfasis, la exageración, la parcialidad con que autoridades, políticos y medios informan de la delincuencia que protagonizan lanzas, monreros, cogoteros y asaltantes, intenta no sólo prevenir, sino también ocultar la acción de otro tipo de delincuentes y, sobre todo, ocultar la presencia de las violencias permitidas, no tanto de esas que se expresan directamente en las relaciones cara a cara, como de aquellas que, incrustadas en nuestras instituciones y formas de organización social, dañan indirecta y difusamente la integridad de las personas. Acaso más impulsiva que deliberadamente, acaso más inconciente que concientemente, la delincuencia de origen popular es manipulada para presentarla como agotando en sí misma toda la violencia. No habría más violencia que la que muestran los medios, que la que informa el Ministerio del Interior, que la que discuten los adalides de la seguridad ciudadana. Las múltiples caras de la violencia en las relaciones sociales se reducirían a una sola: la cara feroz y amenazante del cogotero que aguarda a la vuelta de la esquina. Hágase la guerra contra lanzas, cogoteros y asaltantes y entonces ha de vivirse en armonía y en seguridad. Y de tanto exacerbar la oposición delincuente / gente honrada y pacífica, acaban haciéndose humo otras oposiciones como las de privilegiado / no privilegiado; abusador / abusado; integrado /excluido; prestigioso / discriminado, oposiciones que, sin duda, animan nuestra sociedad y dañan la integridad de muchos. Al estigmatizar al delincuente de origen popular como protagonista exclusivo de la violencia, se redime, mágicamente, al resto de toda violencia. Se pueden ya distinguir con certeza los buenos de los malos y convocar a los primeros a luchar contra estos últimos, lucha que se pregona como elemento esencial del proyecto de país. No hay vuelta que darle: la violencia prohibida es un asunto político, manejado políticamente y que acaba ofuscando las violencias permitidas.

 

 

NOTAS

 

(1)   Citado por Rosa del Olmo, “La conexión criminalidad violenta / drogas ilícitas”, en “La grieta de las drogas”, Martín Hopenhayn compilador. CEPAL; Naciones Unidas, Santiago, 1997. Pág. 83.

(2)   Rosa del Olmo, “La conexión criminalidad violenta / drogas ilícitas”, Op.Cit.

(3)   Irma Arriagada, Lorena Godoy, “Seguridad ciudadana y violencia en América Latina”. Serie Políticas Sociales, 32. División de Desarrollo Social, CEPAL, Naciones Unidas, Santiago, agosto de 1999. Pág.8.

(4)   Francisco López, “La violencia: una gramática social perversa”. En “Persona y Sociedad”, Instituto Latinoamericano de Doctrina y Estudios Sociales, Vol. VII-                                                    N4, 1993.

(5)   Francisco López, Op. Cit.

(6)   Sigmund Freud, “¿Por qué la guerra?”. En E.I. Megargee, J.E. Hokanson, “Dinámica de la agresión”. Editorial Trillas, México, 1976. Págs. 30-31.

(7)   D.W. Winnicott, “Deprivación y Delincuencia”. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998. Págs. 113-139.

(8)   Luis Barros Lezaeta, “Los sentidos de la violencia en casos de robo con violencia o intimidación”. Serie Estudios, Centro de Estudios de Seguridad Ciudadana, Universidad de Chile, Santiago, octubre 2003.

(9)   Luis Barros Lezaeta, Op. Cit.

 

 

 



[1] Publicado en “La Violencia en la Familia, Escuela y Sociedad”, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Internacional SEK, Noviembre de 2005, Santiago de Chile.

[2] Licenciado en Sociología Universidad de París (Sorbonne), magíster en sociología FLACSO. Consultor Internacional para programas O.E.A. y Unión Europea.