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Teatrosalud para el Autocuidado[1] Dr. Pedro H
Torres-Godoy[2] Sra. Sabine
Romero Bergdholt [3] |
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INTRODUCCIÓN El término Teatrosalud nace de la fusión de dos grandes
cuerpos disciplinarios como son el teatro y la salud, y su conjunción busca
acercar a toda aquella práctica teatral, en el amplio sentido, desde la
dramaturgia, expresión corporal, movimiento, voz, actuación, dirección y
puesta en escena, hacia la salud, también en un amplio sentido, no solamente
en lo inherente a la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, sino también
bien hacia las potencialidades inequívocas que nos presenta el ejercicio del
arte teatral respecto del fomento de la salud; de sus posibilidades como
práctica coadyuvante del desarrollo del potencial humano creativo y saludable
de personas, grupos y comunidades; como elemento de investigación y búsqueda
del bienestar una vez que el mal se ha establecido en el cuerpo individual,
familiar, grupal, comunitario y social. Planteamos un movimiento desde el
teatro hacia la salud y no en sentido inverso, es decir, desde la salud hacia
el teatro. Simplemente porque nuestra propuesta surge a partir de
profesionales de la salud mental interesados en las posibilidades
terapéuticas del teatro y no de artistas teatrales proclives a estudiar e
investigar las dimensiones terapéuticas del arte teatral. Nos parece
pertinente que quienes laboramos día a día con el sufrimiento y el dolor
humano estamos más cercanos de las experiencia terapéutica que quienes, desde
las tablas, reflexionan acerca de las posibles interconexiones entre arte
teatral y sanación. Por lo tanto más que definir
parcelas disciplinarias entre el teatro y la terapia, será el trabajo
conjunto y cooperativo entre los artistas teatrales y los artistas de la sanación, lo que finalmente amplíe la propuesta hacia
dimensiones insospechadas. No obstante hago énfasis en que desde el punto de
vista escénico, el teatro y cualquier actividad vinculada al ejercicio de sus
prácticas, no podrá ser terapéutico y constituye un error epistemológico
plantear que el teatro en sí, es terapéutico. Tampoco lo podrá ser por tanto
la dramaturgia por sí sola, la pedagogía teatral, las actividades de
ejercitación y prácticas actorales, de voz, de
expresión corporal y movimiento, de dirección y cualquier otra variante
relacionada con la practica teatral. No podrá ser
terapéutica porque cada vez que se remuevan emociones genuinas entre los
participantes de un grupo teatral
deberá haber algún otro, un terapeuta, dispuesto a hacerse cargo durante el
tiempo que se estime conveniente para acoger, sostener, confrontar, compartir
y elaborar conjuntamente dichas emociones, concepción evolutiva fundamental
de cualquier proceso o acto terapéutico. Y esto no está concebido en el dispositivo teatral, aunque sí, de todas
formas en el dramaterapéutico, lo cual se refrenda
en prácticas grupales tales como consentimiento informado acerca de la
expresión colectiva de emociones, confidencialidad, ética de grupos, encuadre
pertinente y consensuado, y un sinnúmero de particularidades que sólo
competen a la práctica psicoterapéutica profesional. Para nuestros
efectos, teatrosalud incluye ampliamente a
todas aquellas disciplinas vinculadas al teatro, como las relacionadas con
las terapias de acción en el contexto psicoterapéutico. Por el lado del
teatro debemos considerar a cualquier actividad teatral que signifique
mejoría en el bienestar y calidad de vida de cualquier persona, familia,
grupo o comunidad. Por lo tanto caben
aquí las prácticas teatrales de escribir guiones y dramas, prepararse en
técnicas corporales, de voz y actuación, dirigir, oficiar de público, crítico
o jurado, que testifica y otorga veredicto acerca del desarrollo, conflicto,
cierre o término de la obra a representar; y más significativo aún, las
enseñanzas de valores y anti-valores que podrán
deducirse de esta obra abierta. Por lo tanto habrá que incluir también un
momento axiológico, que en terapia recibe el nombre de axiodrama
(Menegazzo C.M. 1991). Por el lado
psicoterapéutico se entienden como terapias de acción a todas aquellas
disciplinas que involucran manifiestamente la acción en el escenario
terapéutico. Por lo tanto incluímos aquí, por orden
histórico de aparición, al teatro de la espontaneidad, psicodrama, axiodrama, sociodrama, teatro playback y dramaterapia, siendo
esta última una de las mas nuevas disciplinas de acción, que irrumpe, desde
el arte teatral en la terapia, alrededor de los años 60. Promoción y
prevención de la salud Es importante hacer
un paréntesis para diferenciar lo que entendemos como promoción o fomento de
la salud y prevención. Tanto la promoción (o fomento) como la prevención
persiguen como meta la salud. Sin embargo, según Tulia
María Uribe de En nuestro enfoque
de promoción de la salud ubicamos teatrosalud como
un método para llegar a un fin amplio que es el fomento de la salud positiva,
es decir, hacer más sanos a los sanos y en la medida que la enfermedad
irrumpe, de desarrolla y avanza, nuestro enfoque varía hacia los distintos
niveles de intervención; primaria en
lo preventivo, secundaria en el diagnóstico y terapéutica oportuna y
terciaria en el tratamiento de los déficit que surgen como consecuencia de la
enfermedad y su rehabilitación. Esta misma lógica
debiera darse cuando situamos las técnicas de acción desde la perspectiva de
la salud pública, desde lo individual a lo comunitario. Teatrosalud como dispositivo grupal, esta destinado a la
promoción o fomento de la salud y engloba a todas aquellas prácticas de
acción que pretenden amplificar la salud que ya existe. Por cierto habrán dispositivos más propicios para este fín, como lo es la dramaterapia
y el teatro espontáneo. Ambos estrechamente ligados al teatro tradicional,
tanto a la tragedia griega como al teatro medieval, cuentan con una
característica común, de la cual carece el psicodrama en particular. Es que
ambos, dramaterapia y teatro espontáneo tienen
entre otros, desde la vertiente teatral, el fin de divertir y entretener a
los participantes o espectadores (si los hay). En cambio en el psicodrama,
mucho más ligado a la vertiente terapéutica, su fin último es generar un
cambio ya sea a nivel de los significados atribuidos a alguna situación
conflictiva, a nivel de las emociones, comportamiento e interrelaciones
significativas para la (o las) personas implicadas en este ejercicio psicoterapéutico.
En el psicodrama el juego y el humor no representan un fin último, sino más
bien un vehículo que lleva al grupo a través del caldeamiento hacia las fases
más terapéuticas del procedimiento como lo son las dramatizaciones y el
compartir. Si el juego y el humor están presentes en ellas, nada más son
elementos que vienen a amalgamar un entramado vivencial
profundamente dramático, es decir tragedia y comedia del
alma humana fundidas y confundidas. Llegar a pensar que esto
constituye un espectáculo divertido o de entretención, sería justamente una
aberración puesto que allí, en la dramatización y sharing psicodramático se
vive la tensión misma de la tragedia humana, en el aquí y ahora, la
catástrofe como última fase de lo trágico y la catarsis de integración, que
sería uno de los elementos curativos buscados por el procedimiento. Entonces las
técnicas de acción aquí presentadas se pueden ubicar en dos grandes áreas
siguiendo sus posibles relaciones con la noción de cuidado en sus dos acepciones
según la lengua inglesa: “Care”
o “cuidados de costumbre”, se refiere a aquellos relacionados con las
funciones de conservación y de continuidad de la vida. En este contexto se
pueden ubicar las prácticas de promoción o fomento de la salud y los métodos
de teatrosalud, teatro espontáneo, teatro playback y dramaterapia (en su vertiente más lúdica y teatral) En
resumen, lo más teatral de lo teatral para hacer más sanos a los sanos.
Representan los cuidados permanentes y cotidianos de tipo biopsicosocial
necesarios para mantener la vida, proporcionado y aprendidos en el proceso de
socialización y deberán ser asumidos por cada persona a medida que adquiera
mayores niveles de autonomía frente a la vida (Uribe T:M:, 2005). “Cure” o “cuidados
de curación”, relacionados con la necesidad de curar todo aquello que
obstaculiza la vida. Estos cuidados son los utilizados para el tratamiento de
la enfermedad además de los cuidados habituales. Entran aquí todos los
cuidados de tipo terapéuticos. Por lo tanto se
pueden ubicar aquí toda práctica dramaterapéutica, sociodramática, axiodramática y
psicodramática que persigue la curación de la
enfermedad individual, grupal, familiar o comunitaria. Moysés
Aguiar, psicodramatista brasilero, sostiene que la base epistemológica y
práctica de toda técnica de acción es el teatro espontáneo y según sus
distintos focos puede ir desde lo más artístico, como sería el teatro
espontáneo propiamente tal, que persigue un fin artístico en sí mismo y como
espectáculo de entretención y diversión pública, hasta lo más terapéutico. Si
el teatro espontáneo se orienta hacia la terapéutica social o comunitaria es axiodrama, que pretende develar los valores y ati-valores de un colectivo humano con el fin de lograr
un cambio; si dicha práctica se orienta al grupo es sociodrama
(o dramatización centrada en el grupo, relacionada con la socioterapia
es decir un grupo, por ejemplo una compañía de actores espontáneos, trata a
otro grupo en conflicto): y finalmente si la actividad se dirige a un paciente individual es psicodrama, es decir
dramatización centrada en una sola persona (Aguiar M., 2001). Pensamos que nuestro
enfoque de salud pública del cuidado y de las técnicas de acción como
dispositivos para el fomento o la intervención en salud, tiene una fuerte
similitud a lo propuesto por Aguiar con la diferencia que este autor parte
desde el arte teatral y no precisamente desde la salud general. Nuestros fundamentos
y prácticas de teatrosalud para el autocuidado, se enmarca en el trabajo de más de diez años
con clínicos y terapeutas, en el Grupo de Estudio “Duelo y Trauma” del
Departamento de Psiquiatría Campus Oriente de Gran número de estos
profesionales sufrirán los efectos de la traumatización
vicaria que produce en primera instancia un síndrome indistinguible del
trastorno de estrés postraumático (TEPT). El desorden de estrés traumático
secundario (TETS), descrito por Charles Figley en
1995 en Estados Unidos para terapeutas familiares es un cuadro clínico
eminentemente de carácter agudo y es considerado la antesala del síndrome de burnout o desgaste psíquico en el trabajo (Figley C., 2000). Este último síndrome ha sido declarado
endémico en algunos países de Frente al trauma
relatado o narrado por los pacientes, el terapeuta oficia de testigo. El acto
de testificación corresponde a uno de los elementos más antiguos de los ritos
de sanación de males individuales y colectivos. El
acto de contar una tragedia personal a un otro en escucha activa y
comprometida en la intimidad del consultorio, representa la última palabra
silenciada que nos impone el trauma y el primer grito de liberación que nos
abre las puertas para la reparación y algunas veces, las menos, para el
perdón. Mientras tanto el
testigo, en este caso el terapeuta, recibe cada frase, cada pequeña
entonación de la voz, cada gesto y movimiento corporal que acompaña el
relato, como información analógica, que es la que traumatiza vicariamente ya que dicha información ingresa a través de
los órganos de los sentidos hacia nuestros sistemas de captación emocional de
experiencias. Entonces ante un relato siniestro como el abuso, violación
o tortura, el terapeuta sufre una
especie de shock emocional que lo vive en un
comienzo, como un estado confusional u obnubilación
de conciencia. Este estado queda claramente descrito en el trastorno por
estrés traumático secundario: “El TETS puede ser de inicio súbito y deja a la
persona con una vivencia de perplejidad, confusión, desvalimiento y sensación
de aislamiento de quienes podrían ayudarlo” (Fidley
C., 1995) El terapeuta puede
experimentar estos síntomas o puede sufrir un primer distanciamiento
disfuncional respecto de su rol profesional,
a través del mecanismo de defensa disociación, como una forma de
controlar la angustia. Sin embargo la disociación afectará inequívocamente su
capacidad empática y la sintonía con el paciente
traumatizado. Consideramos este primer distanciamiento el preludio de la alexitimia secundaria, o sea la pérdida de la capacidad
de expresar en palabras las emociones, disminución de la tendencia a la
imaginación y fantasía y una baja ostensible de la espontaneidad y
creatividad. Toda persona que vive directamente un trauma o es testigo de la traumatización ajena entra en el riesgo de desarrollar alexitimia. Dado que ante grandes traumatizaciones
los pacientes pierden la posibilidad de expresar con palabras lo brutalmente
vivido, ese mismo efecto ocurre con los terapeutas-testigos. En el contexto
de la supervisión o de grupoterapias, estas profesionales pierden la facilidad de
expresar verbalmente lo escuchado. Una joven psicóloga
no tiene palabras para expresar lo que experimenta a propósito de la muerte
de un trabajador de la minería que es prácticamente triturado por una máquina
chancadora de piedras. El relato es narrado por su mejor amigo, compañero de
trabajo y compadre: “La máquina tiene
un ruido típico cuando muele las piedras. Cuando mi compadre cae al vacío por
un instante dejo de verlo, no sé donde está y es el cambio brusco del ruido
de la máquina chancadora, un sonido sordo, opaco, blando, el que en un
instante mi oído percibe y sé positivamente la magnitud de la tragedia. No
hubo ningún grito. Solo ese sonido sordo, terrorífico, ese cambio de
frecuencia, de intensidad, de ritmo, cuando seguramente puedo imaginar las
piedras moliendo el cuerpo de mi compadre, será lo que nunca olvidaré”. Lo que traumatiza
entonces tiene que ver en primer lugar con lo que netamente perciben nuestros órganos sensoriales, es decir, antes de
que aparezca la reflexión somos impactados por sensaciones táctiles,
cenestésicas, olores, ruidos, imágenes, muchas veces atmósferas o climas
emocionales, como es el caso de las experiencias de tortura, abusos y
maltratos. Las víctimas no tiene palabras para
narrar lo acontecido. Se genera una alexitimia secuntaria al trauma, o sea una incapacidad de poder
expresarlo verbalmente. Este tipo de
silenciamiento también lo vemos en las primeras etapas del diagnóstico de las
enfermedades crónicas graves u oncológicas. Peggy Penn, en un interesante trabajo sobre trauma, lenguaje y
escritura en pacientes con enfermedades físicas crónicas, desarrolla el
concepto de trauma relacional, sosteniendo que la dialéctica central del
trauma lo constituye el conflicto entre hablar y no hablar (Penn P, 2001). En este mismo trabajo se destaca la
importancia de “decir lo que uno realmente siente, poder expresar a sus seres
queridos su sentimientos profundos acerca de su dolor; esto produce un alivio
físico y libera a los demás para que puedan responder del mismo modo” (Griffith y Griffith, 1994) Pennebaker sostiene que la libertad de expresión que
brinda la escritura autobiográfica ejerce un efecto positivo en nuestros
sistemas inmunológicos y reduce los efectos negativos del trauma al
incorporar al lenguaje (conversaciones con otros), los aspectos silenciados
de aquel (Pennebaker J.W,
1989 citado por Penn P). El testigo, en este
caso el terapeuta, como lo señalamos con anterioridad, se traumatiza vicariamente, a través de la escucha activa de la
infinidad de detalles narrados. Serán la inflexiones y el tono de voz, la
intercalaciones, la prosodia, los gestos, la mirada, el marco que la psicomotilidad da a la narración, la respiración, el
brillo de los ojos determinado por el mayor o menos diámetro pupilar, en fin,
todo un cortejo no verbal y analógico que secunda al menos en apariencia, al
relato oral. En el mismo sentido
que lo descrito por pacientes severamente traumatizados, los terapeutas dejan
de hablar con otros de lo acontecido. Salvo que esté adscrito a un grupo de
supervisión continua o de autocuidado, lo que es
excepcional en nuestro medio, y no meramente formativo, algo más frecuente
entre profesionales jóvenes, el clínico estará condenado también al silencio.
Es necesario fomentar de cualquier forma entre los futuros terapeutas la
cultura de la supervisión y del autocuidado durante
toda su vida profesional. En nuestra
experiencia en talleres de supervisión, autocuidado
y la persona del terapeuta, en grupos universitarios de pre-grado
en los últimos años de la carrera de psicología, se observa una dificultad en
expresar verbalmente algunas situaciones clínicas de alto impacto como abuso
sexual, maltrato, acoso, asesoramiento o terapias de duelos, discapacidades o
enfermedades de curso progresivo o pacientes terminales. Como lo desarrollamos
más adelante las técnicas de acción permiten, desde nuestro punto de vista un
mejor contacto experiencial con las emociones
reprimidas o bloqueadas y un acercamiento, desde el cuerpo y la acción
escénica, hacia el trabajo a supervisar. Finalmente es
preciso señalar que el tema del cuidar, cuidarse y ser cuidado por otros, es
tan antiguo en la historia del hombre que ya los griegos destacaban la
importancia del cultivo de sí y enfatizaban el cuidar no sólo el cuerpo sino
también el alma a través de los regímenes de salud, abstinencias, retiros,
ejercicios físicos, satisfacción medida de las necesidades, meditaciones,
lecturas, conversaciones, y una decena de actividades que buscaban el tan
preciado autoconocimiento, autocontrol y buentrato personal y de los demás. Acerca del tema
del autocuidado Dorotea Orem, enfermera graduada en Baltimore en 1930 desarrolla
su modelo de autocuidado como una teoría general de
la enfermería. Esta autora plantea que el concepto de autocuidado
debe entenderse como una contribución constante del individuo a su propia
existencia. El autocuidado es una actividad
aprendida por los individuos y orientada hacia un objetivo; es una
conducta que existe en situaciones
concretas de la vida, dirigida por las personas sobre sí mismas, hacia los
demás y hacia el entorno para regular los factores que afectan a su propio
desarrollo y funcionamiento en beneficio de su vida, salud y bienestar. Orem define el objetivo de la enfermería como
ayudar al individuo a llevar a cabo y mantener sobre sí mismo acciones
de autocuidado para conservar la salud y la vida,
recuperarse de la enfermedad y/o afrontar las consecuencias de dicha
enfermedad. En concepto de autocuidado de Orem refuerza la
participación activa de las personas en el cuidado de su salud,
como responsables de decisiones que condicionan su situación, coincidiendo de
lleno con la finalidad de la promoción de la salud. La educación para la
salud será la herramienta principal de trabajo. De allí que en
primer lugar se haya utilizado el concepto de autocuidado
en pacientes y grupos de autoayuda de patologías médicas crónicas, que
requieren para su estabilidad de una sólida autodisciplina tales como
diabéticos, hipertensos, pacientes nefrópatas,
oncológicos y algunas patologías psiquiátricas. No obstante ante la
alarmante incidencia del síndrome de “burnout” o de
“estar quemado” de clínicos y
terapeutas que trabajan con situaciones de violencia extrema, duelos, traumas
y todo tipo de pérdidas, en los últimos diez años, que en diversas
estadísticas sobrepasan el 50 % de los profesionales estudiados, comienza
progresivamente a socializarse el término en esta población de usuarios
internos de los sistemas de salud. De allí se expande prácticamente a muchas
otras disciplinas psicosociales y de los más
diversos ámbitos de servicios humanos (Torres P., 2003, 2004). Para Hidalgo y Moreina el autocuidado o
cuidado de equipos es un concepto que más que tener un referente teórico, es
utilizado en el lenguaje común y propio de los equipos que lo transforman en
un referente más bien práctico. Se refiere a la protección de los equipos
frente al desgaste emocional cotidiano del trabajo con la violencia (Hidalgo
N., Moreina E., 2001). Esto supone que los equipos
en ciertos períodos de su ejercicio profesional entran en crisis, lo cual
puede entenderse como aquellos elementos de la dinámica grupal que ponen en
riesgo al equipo en el desarrollo de su tarea constituyente, que se expresan
en ansiedades que emergen en el vínculo con los grupos de alto riesgo hacia
los cuales se dirige la intervención (Morales, Pérez, Menares 2002) Para la psicóloga
costarricense Patricia Murillo Chacón, quien trabaja con víctimas de
violencia doméstica, el autocuidado de los
terapeutas puede definirse como el conjunto de estrategias de afrontamiento
que los terapeutas deben implementar para prevenir déficit, propiciar y
fortalecer un bienestar integral.
Agrupa las acciones de autocuidado según el
siguiente ordenamiento: -De bienestar
físico: Descanso, dieta saludable, ejercicio físico, chequeos médicos,
protegerse físicamente de clientes difíciles -De bienestar
emocional: Proteger y mantener los límites profesionales, evitar reacciones
impulsivas o precipitadas, psicoterapia personal, fortalecer vínculos e
intimidad con otros -De asuntos
especiales: Evitar situaciones que impliquen desgaste emocional como falta de
confianza en el equipo, demasiada empatía hacia el cliente o experimentar
sentimientos hacia el cliente que
están dirigidos hacia otra persona -De crecimiento y
desarrollo: Dinámicas de supervisión, consultorías a expertos u otros
colegas, supervisión continua (Murillo Chacón P.,
2004) Nuestra propuesta
busca integrar el trabajo de autocuidado con la
supervisión continua, el desarrollo de la persona del terapeuta y la
adquisición de herramientas comportamentales,
provenientes del teatro y del psicodrama, para fomentar la pertenencia a
grupos, la salud intrínseca proveniente del arte teatral, del juego, del
humor y del involucrar el cuerpo en toda acción dramática, como complemento
ineludible de la palabra y de la narración oral. Metodología El método lo
llamamos improdrama educacional o pieza didáctica,
teniendo como referencia el teatro didáctico de Brech
y su aplicación y sistematización se gesta desde comienzos del Nos parece que las
técnicas de acción tales como el psicodrama y el teatro espontáneo en el autocuidado de profesionales que trabajan con violencia,
cuentan con ciertas características que las hacen preferentes por las
siguientes razones: -
Al
introducir manifiestamente el cuerpo en la dramatización surgen emociones
reprimidas, aléxicas, es decir con gran dificultad
para ser verbalizadas y que han permanecido silenciadas. Del mismo modo como
opera la memoria emotiva de Stanivslavsky para los
actores profesionales, en los terapeutas suponemos la existencia de una
planta de movimientos que ha dejado en la memoria corporal, gestual,
prosódica, escénica, aquellas emociones traumáticas, producto de los relatos
de sus pacientes. El movimiento corporal activa, a través de iniciadores
físicos, las vivencias que impactan al clínico. -
El trabajo
de autocuidado está centrado en procesos grupales.
El grupo, cual caja de resonancia, aporta múltiples miradas al modo de una co-visión intersubjetiva. El
protagonista puede, por medio de la utilización de yo-auxiliares miembros del
mismo grupo, recurrir al recurso del distanciamiento dramático, es decir
tomar el rol de alguien de la platea y desde allí emitir algún juicio acerca
de su propio operar. Osorio plantea que el distanciamiento, en el teatro, es
en sí mismo ordenador y ell efecto psicológico
estructurante del distanciamiento escénico para quien observa como público,
es comentado incluso por directores teatrales de reconocida trayectoria
(Osorio R., 2002). Desde la dramaterapia el proceso
de identificación con algún personaje de la escena también lleva al
protagonista a la posibilidad de jugar algún rol no lo suficientemente
desarrollado en la realidad y en el “como sí” dramático, reparar. -
El trabajo
de autocuidado está enmarcado en la supervisión
continua. Debería concebirse la aplicación del psicodrama en un proceso de
asesoramiento permanente y de supervisión grupal continua durante toda la
vida activa del psicoterapeuta. -
El trabajo
se realiza desde la perspectiva de la acción dramática y desde la escena.
Psicodrama significa “mente en acción” y dramaterapia,
“terapias de acción”. Por lo tanto la dramaterapia
incluye a todas las demás y también a los aspectos terapéuticos que el teatro
en sí mismo dispone. Por su parte la escena contiene en un instante toda la
verdad intersubjetiva. En escena no existe el
debate ni la teorización que muchas veces nos
distancia racionalmente de los hechos vividos. Los personajes nos permiten
re-vivir los más devastadores dramas humanos, y lo haremos desde el “como sí”
que nos permite la ficción de la escena psicodramática
(Calvente C.F., 2002).
Transitamos desde lo siniestro, hacia trágico, lo patético, lo lúdico y
muchas veces intuimos lo maravilloso de la creatividad humana y su infinita
capacidad para crear y reparar. -
El trabajo
utiliza el juego, el humor y los ritos como fuente de sanación.
El trabajo de caldeamiento o warming up, predispone
al grupo a lo lúdico. La aparición del humor para equilibrar la tensión
dramática del protagonista a lo largo de todo el proceso grupal, viene a
conformar la amalgama intersticial de las escenas más difíciles de
representar. El juego y humor espontáneos, adecuados
y contingentes son ingredientes inequívocos de una buena supervisión y aún no
cuentan suficientemente con estudios
empíricos que aseveren su necesaria presencia en el trabajo de autocuidado. El humor, la risa y la alegría son elementos
claves para la salud mental y constituyen fuentes de felicidad y realización
profesional inequívoca, aún en los momentos más difíciles que nos toca vivir. -
Finalmente
el trabajo de autocuidado propuesto, es plausible
de desarrollar al interior de las instituciones. Luego del diagnóstico grupal
que puede hacerse con métodos sociodramáticos
o a través de cuestionarios de
desgaste profesional u otros, las intervenciones sugeridas en la literatura,
están descritas como estratégicas breves orientadas a la solución y
prescripciones de tareas de autocuidado, entre las
que destaca la dramatización. Se desarrolla en ciclos semanales de Objetivos Por medio de un
taller demostrativo destinado a un grupo de profesionales de la salud,
educación y otros que trabajan en situaciones de violencia, aplicar, con
fines didácticos, la metodología psicodramática
como posibilidad de trabajo para fomentar el autocuidado
en dinámicas de supervisión grupal. Procedimientos Se aplica el método psicodramático en sus tres etapas: Caldeamiento
(holding), dramatización (grounding) y compartir (sharing). Durante el caldeamiento
que puede ser verbal, imaginativo o corporal se pretende crear una red de
apoyo o sostén grupal, una matriz de contención (holding) que reciba los
relatos a supervisar de parte de los participantes. En la fase de
dramatización se busca que el terapeuta se encuentre en la acción, con aquellas disonancias o ruidos
significativos que generaron la sobreimplicación o
el sufrimiento derivado de la testificación del trauma. El concepto de sufrimiento del terapeuta se
refiere más bien a síntomas que surgen de
situaciones clínicas que lo desbordan emocionalmente, frente a las
cuales las estrategias habituales de afrontamiento, utilizadas por los
terapeutas para protegerse de la angustia u otras emociones difíciles de sus
clientes, se ven superadas apareciendo
síntomas agudos que corresponden al estrés traumático secundario antes
mencionado. En la fase de
dramatización se utilizan, según el caso a supervisar, técnicas de
esculturas, fotogramas, soliloquios, doblajes, espejos, cambio de roles e
interpolación de resistencias. Esta última técnica busca confrontar
dramáticamente al protagonista con sus propias contradicciones internas, sus
conflictos de valor; puede ejecutarse desde el cuerpo, desde el diálogo
improvisado, el juego de roles, o la confrontación con personajes internos
(también llamados heterónimos por Kesselmann) (Calvente CF., 2002, Kesselmann
H., 2001) La tercera fase del
psicodrama corresponde al compartir (sharing). Aquí
el grupo comparte la experiencia vivida. Intercambia vivencias movilizadas
por la escena dramatizada del protagonista y por las escenas resonantes que
comienzan a ser movilizadas a partir de aquella. Si el trabajo involucra a
todo el grupo se denomina sociodrama. Si culmina
con el surgimiento de valores que comienzan a ser compartidos por el grupo en
su totalidad estaríamos en presencia
del momento axiológico final que todo trabajo dramático conlleva y estamos en
presencia del axiodrama. El grupo a partir de su
historia compartida comienza a escribir su leyenda, su mito fundante, por muy breve que sea el encuentro, y en este
caso los cierres de cada encuentro tendrán características rituales. Dado que el objetivo
general de la actividad es el autocuidado de los
terapeutas que trabajan con violencia, de obvia la fase de procesamiento
teórico técnico que en la práctica psicodramática. sólo se reserva para quienes están en entrenamiento o
formación en esta disciplina. Síntesis La propuesta de
trabajo con técnicas psicodramáticas y técnicas
teatrales para el autocuidado de clínicos y
terapeutas que trabajan en situaciones de violencia, considera prioritaria la
acción dramática, el contexto grupal y el lenguaje escénico como una forma de
acceder a emociones difíciles surgidas del alto impacto emocional que se vive
al ser testigo de los traumas de los consultantes. La alexitimia
secundaria que suele aparecer en estos profesionales y que forma parte del
síndrome de burnout o de “estar quemado”,
descrita como la actitud fría y distante hacia los usuarios externos de un
sistema de salud, puede transformarse en despersonalización, conducta que
limita con la deshumanización de la atención psicológica o de salud. Las
técnicas de acción y en particular el dispositivo psicodramático
cuentan con estrategias de intervención que pueden llevar a personas y grupos
desde lo siniestro y trágico, hacia lo maravilloso de la creatividad y
potencial humana, pasando por lo patético, lo cómico y lo lúdico. El autocuidado en su dimensión preventiva, de promoción o
fomento de la salud, será en los próximos años, responsabilidad ineludible de
profesionales, instituciones y gobiernos implicados en el dilema ético de dar
más salud a quienes nos consultan o a quienes oficiamos de prestadores de
servicios humanos. Una voz de alarma, aún solucionable, la constituye la alta
incidencia y prevalencia del síndrome de burnout o desgaste psíquico en el trabajo en las
diversas poblaciones de profesionales estudiados, lo cual ha sido calificado
por algunos países como mal endémico. Proponemos el
concepto de teatrosalud en un sentido amplio desde la visión de la
promoción o fomento de la salud en el sentido de los cuidados de costumbre o
sea los cuidados relacionados con las funciones de conservación y de
continuidad de la vida. Incluimos bajo el concepto de teatrosalud,
tanto lo proveniente del arte teatral, con su dimensión terapéutica a partir
de la dramaterapia, y todas aquellas disciplinas
derivadas del teatro de la espontaneidad y del psicodrama creadas en 1920 por
el gran médico psiquiatra rumano- austriaco
Dr. Jacob Levy Moreno (Moreno JL., 1979,
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CORRESPONDENCIA Dr Pedro H Torres-Godoy, e-mail
nirodha@entelchile.net
Casilla 97 Correo 35
Providencia Santiago de Chile |
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[2] Médico Psiquiatra,
Académico Departamento de Teatro Facultad de Artes Universidad de Chile.
Director Diplomado “Fundamentos y Práctica de
[3] Pedagoga Social
Universidad de Esslinger, Alemania, Terapeuta
Familiar Instituto Chileno de Terapia Familiar. Directora Académica Curso de
Extensión “Duelos y Pérdidas” Universidad Jesuita Padre Alberto Hurtado. Email: sromero@mi.cl